Atrapado en una pequeña aldea pesquera junto al lago más largo del mundo tras un horrible viaje en camión para olvidar
El Lago Tanganika es el más largo del mundo, con una longitud de 675km, y el segundo más profundo tras el Lago Baikal (Rusia), alcanzando los 1435m. Está ubicado en el Valle del Rift y se reparte entre Tanzania, la República Democrática del Congo (RDC), Burundi y Zambia. Sus aguas cristalinas son el hábitat ideal para numerosas especies endémicas de peces (como los coloridos cíclidos), moluscos y crustáceos. En el pasado lugares como Ujiji se convirtieron en importantes centros donde se comerciaba con esclavos y marfil. Los primeros europeos en descubrir el Lago Tanganika fueron los exploradores ingleses John Speke y Richard Burton, en 1858, durante su primera expedición en busca del origen del Río Nilo. Y aquí se produjo el famoso encuentro entre el Doctor Livingstone y Henry Stanley en 1871.
Actualmente la principal ciudad del Lago Tanganika es Kigoma, una buena base para viajar a los remotos parques nacionales de Gombe Stream y Mahale Mountains, conocidos por sus comunidades de chimpancés. Mi idea era visitar alguna de las dos reservas, pero por una mezcla de decisiones erróneas y mala suerte acabé atrapado en la aldea de Ikola.
VIAJE: SITALIKE – IKOLA
Entre estas poblaciones hay 150km de distancia, pero el transporte público es muy escaso y llegar a Ikola fue una aventura. Todo comenzó nada más finalizar mi Morning Safari en el Parque Nacional Katavi. Necesité dos etapas:
1. Vehículo 4×4 hasta Mpanda: yo creía que podría viajar en el 4×4 con el que realicé los safaris, pero el encargado de las oficinas del parque me dijo que ya había agotado mis 100km incluidos en el precio y si quería utilizar el vehículo debería pagar otros 100Usd. No tenía ningún sentido por un trayecto de tan solo 35km y me dio rabia su actitud. Me hablaba con un tono irónico y comentaba divertido mi situación con un compañero. Nada que ver con el trato acogedor que recibí del resto de empleados de la reserva.

Yo salí de las oficinas e intenté pensar en alguna alternativa. Aunque la clave fue el conductor que me acompañó en los safaris. Cuando le expliqué lo que pasaba se quedó sorprendido porque él también creía que me incluirían en el precio el traslado a Mpanda. Así que al ver pasar al director del parque (un hombre regordete de cara risueña al que saludé el día anterior) le comentó el problema y al instante tenía una solución. En un rato saldría hacia Mpanda un 4×4 de la reserva para buscar a unos funcionarios del Ministerio de Justicia y podía viajar en él gratis. Menos mal… A continuación el conductor me llevó a la banda a por mi mochila; fuimos a Sitalike; y nos despedimos. Un gran tipo.
Como no había desayunado y me moría de hambre, entré en una tienda y compré un paquete de galletas y un litro de zumo de mango. Y después me senté en una silla hasta que llegara el 4×4. Reconozco que hubo momentos de tensión. Tras media hora larga no había ni rastro del vehículo; y cuando me vio el director de Katavi no entendía nada porque el 4×4 ya no estaba en las oficinas del parque. Anda que si se había olvidado de mí… Por suerte el conductor se encontraba comiendo y al poco apareció un lujoso 4×4 con aire acondicionado y tapicería de cuero que me dejó en el centro de Mpanda.
2. Camión a Ikola: ahora tenía que alcanzar la orilla del Lago Tanganika y la única opción era la pista sin asfaltar que conecta Mpanda con Ikola, una minúscula aldea de pescadores. Pronto encontré un camión de mercancías que tenía previsto partir hacia Ikola y negocié con el conductor. Me pedía 10milS por viajar en la cabina pero me había quedado sin moneda local y los bancos estaban cerrados, así que aceptó 10Usd y me senté a esperar. Eran las 13h y pensaba que no tardaríamos en ponernos en marcha. Aunque en África las cosas nunca son lo que parecen y al final pasaron 4,5 horas hasta que el camión arrancó. Otra vez iba a llegar de noche a un pueblo desconocido sin alojamiento reservado…
Al poco se me acercó un tipo malencarado con un ojo tuerto y me dijo que me subiera con él en otro camión para llevarme a un sitio donde me cambiarían los dólares. Yo me resistí porque temía que mi vehículo se marchara, pero el hombre insistió y accedí a regañadientes. El lugar era una tienda de comestibles regentada por un Indio que me dio 20milS por 20Usd. Al igual que ocurre en Kenia, durante la época colonial los Ingleses trajeron a cientos de Indios y Paquistaníes para trabajar en la construcción de las vías del tren. Algunos decidieron quedarse y en cuestión de pocas generaciones hoy día constituyen la clase adinerada del país, con numerosos negocios y lujosas viviendas. Algo que dice muy poco de la población local.

Después el tipo hizo un tour por el centro de Mpanda para realizar diferentes tareas con una lentitud desesperante: llenó el depósito en una gasolinera; compró un par de sacos de carbón… Yo no entendía nada. En una de las paradas me dejó un rato solo y al final estallé. Estaba allí perdiendo el tiempo mientras a lo mejor mi vehículo se encontraba a punto de partir hacia Ikola. Así que entré en la tienda y le dije al hombre con malas formas que me devolviera inmediatamente a mi camión. Él me miraba con cara de sorpresa e intentó explicarme algo en un inglés rudimentario, pero accedió. Aunque más tarde descubrí lo que ocurría: los dos camiones se dirigían a Ikola… ¡y él era el dueño de ambos! Me quería morir…
Viendo que la cosa iba para largo decidí comer en un local cercano donde cayó un plato de carne de cordero con arroz blanco; y una Coke. Y me senté en la cabina del segundo camión, que estaba en mejores condiciones. Poco a poco la parte trasera de los dos vehículos se fue llenando de mercancías y pasajeros que se amontonaban de forma desordenada. Mientras esperaba vi otra pelea entre empleados de compañías de transporte rivales (como la de Sumry y Katavi). Incluso uno de ellos acabó arrastrando a una clienta por el suelo hacia su furgoneta. Como se las gastan en Mpanda…
Por fin a las 17.30h los camiones arrancaron y dejamos atrás la ciudad. Aunque no fue ni mucho menos un viaje agradable. El dueño se sentó a mi lado y me dejó sin apenas espacio, apretado contra el conductor. Acto seguido me soltó “Give me my money” con un tono nada amigable. No sé si era fruto de su escaso nivel de inglés o que todavía se acordaba de mi desplante en la tienda.

Los pasajeros del camión tampoco fueron un encanto. Algunos estaban molestos porque yo ocupaba un sitio privilegiado mientras ellos iban sentados en el exterior, rodeados de mercancías y nubes de polvo. Y aprovechaban cualquier ocasión para burlarse de mí. Como cuando pagué de más por 3 plátanos a una vendedora ambulante (la chica fue honesta y me devolvió el cambio); cuando un crío me ofreció cacahuetes (conocidos como kalanga en Tanzania); o cuando rechacé agua no embotellada. Sus risas eran irritantes, acompañadas de la palabra mzungu (así llaman a los blancos en Tanzania). Al final reconozco que iba un poco harto.
Aunque todo quedó en segundo plano tras vivir una de las experiencias más horribles de mis viajes por África (y yo diría que por el mundo). En un punto de la ruta apareció un grupo de niños que jugaba corriendo frente a nosotros mientras un perrito les seguía. Mi camión se fue acercando peligrosamente sin reducir la velocidad. Yo estaba seguro de que en el último momento el conductor le esquivaría porque la pista era amplia y había espacio de sobras, sin otros vehículos en sentido contrario. Pero el sinvergüenza no movió un dedo y pasó por encima del pobre animal sin inmutarse. Nunca olvidaré el sonido. Mi cara era de indignación total y al darse cuenta el dueño del camión me dijo: “Is there a Problem? The dog is dead”. Tuve que hacer un esfuerzo titánico para contener mi deseo de darle un puñetazo.
Más adelante ocurrió otro suceso que me ayudó a entender la situación. En una de las paradas un chaval trataba de bajar del camión y se cayó desde varios metros de altura. Durante unos segundos se quedó allí tirado sin moverse, pero por suerte al final se puso en pie y se alejó tambaleándose. Y el resto de pasajeros… ¡se partían de risa! Surrealista. Estaba en una zona tan mísera y alejada que la vida humana no tenía ningún valor, y mucho menos la de un perro callejero.
Tras 5 horas de trayecto por fin llegamos a Ikola en medio de la noche. El camión se detuvo frente a un alojamiento y el dueño me dijo que me quedara, pero el aspecto exterior no me hizo gracia y pensé que se quería deshacer de mí en un motel de carretera. Yo me negué y pedí que me llevara a un hotel recomendado por mi guía de viajes, aunque a nadie le sonaba el nombre y acabé aceptando la segunda propuesta del dueño para perderle de vista (a él y al resto de pasajeros que seguían con el cachondeo). Total, solo pasaría unas horas.
El chaval encargado me dio una habitación sucia, sin suministro eléctrico (había una vela) y con baño exterior compartido. Eso sí, el precio era imbatible: solo 2milS. Además pude comprar una botella grande de agua helada que me devolvió la vida (1.000S).

Al momento me estiré en la cama con ganas de descansar después de un día lleno de emociones. Pero no tardé en descubrir otra pega del hotel. Las habitaciones están ubicadas alrededor de un patio central y las paredes no llegan hasta el techo, con lo cual se escuchaba todo lo que hacían mis vecinos. Y por lo visto era un lugar muy frecuentado por las parejas de Ikola. Así que me costó quedarme dormido con el estómago vacío; la imagen del perro a punto de ser atropellado; y todo tipo de sonidos sospechosos procedentes de las habitaciones anexas.
EN EL LAGO TANGANIKA
La jornada comenzó a buena hora y nada más abrir los ojos vi la silueta de un par de ratas de grandes dimensiones que caminaban por una viga de madera del techo. Por si no me había quedado claro el tipo de lugar donde me encontraba. No tardé en preparar la mochila y largarme de allí.
Después caminé por las calles sin asfaltar de Ikola, entre viviendas de adobe con techo de paja y lugareños sorprendidos ante mi presencia. Y de repente llegué al Lago Tanganika. La escena era de postal, con una playa de arena dorada cubierta de conchas; aguas cristalinas extendiéndose hacia el infinito (al otro lado estaba la República Democrática del Congo); docenas de embarcaciones tradicionales varadas en la orilla; pescadores cosiendo velas y reparando el casco de sus barcas; grupos de niños jugando desnudos; y filas de mujeres de coloridos vestidos cargando sobre sus cabezas cubos de agua recién llenados en el lago. Mi cámara de fotos echaba humo. Ese momento compensó todos los esfuerzos para llegar a Ikola. Me encontraba en un rincón muy remoto de África y me senté a disfrutar de cada detalle, con el sonido del suave oleaje y las conversaciones lejanas de la gente.

Como era temprano el sol todavía no apretaba y la temperatura era agradable. Me hubiera encantado bañarme pero en África Oriental casi todos los lagos están infectados con los parásitos que provocan la Bilharzia. Estos seres se adentran en el cuerpo humano a través de los poros de la piel y se instalan en algún órgano provocando graves daños que se manifiestan al cabo de semanas. Evidentemente no tenía ganas de jugármela.
BUSCANDO TRANSPORTE A MAHALE
Aunque yo estaba en Ikola de paso. Mi objetivo final era visitar el Parque Nacional Mahale Mountains, situado unos 100km al norte, junto al Lago Tanganika. Y llegar en transporte público no es sencillo. Para empezar es imposible viajar por carretera; y la mayoría de embarcaciones salen del puerto de Kigoma. En Ikola solo hay 3 opciones:
1. Ferry MV Liemba: este servicio de pasajeros recorre la costa oriental del Lago Tanganika entre entre Zambia, Tanzania y Burundi. El billete desde Ikola cuesta alrededor de 20Usd y me dejaría en la aldea de Lugosa, 15km al norte de Bilenge, donde están las oficinas de Mahale. La pega es que únicamente sale una vez por semana. Según mis cálculos el ferry paraba en Ikola el día anterior y lo había perdido (de ahí mi impaciencia por llegar lo antes posible). Aunque más tarde me comentaron que esa semana el servicio se canceló porque el MV Liemba estaba transportando refugiados a la República Democrática del Congo. Una vez en Lugosa se llega a Bilenge siguiendo la orilla del lago a pie o contratando una barca.
2. Lancha Privada: paran en Kalelani, una aldea situada a apenas 1km al norte de Bilenge. Pero el problema es el coste. Yo caminé por la playa hasta un lugar donde había varias embarcaciones y me pude comunicar con los pescadores gracias a un chaval que estaba con unos turistas locales y hablaba un inglés aceptable. Y el precio no bajaba de 300Usd, una auténtica fortuna en Tanzania.
Al principio pensé que me querían estafar por ser occidental y me marché enfadado. Pero posteriormente un par de lugareños de confianza me explicaron que tenía lógica. Un litro de gasolina costaba 2milS (en esta parte del país es muy cara) y se trataba de un trayecto de 200km (ida y vuelta) que por sí solo ya saldría por 200Usd. El resto era para el dueño de la barca y el barquero, que tenía por delante dos viajes de 16 horas cada uno en el mejor de los casos.
Por cierto, uno de los pescadores me propuso llevarme por 70Usd hasta un barco mercante que navegaba en la distancia y se dirigía hacia el norte del Lago Tanganika. Lo valoré durante unos instantes pero el plan hacía aguas por todas partes y no acepté. Hubiera tenido gracia.

3. Barca del Parque: a la desesperada decidí llamar a las oficinas del Parque Nacional Mahale Mountains en Bilenge y pedir ayuda para llegar. Pero durante mi estancia en Ikola no había cobertura teléfonica y la única alternativa era utilizar una estación de radio. Se trataba de una caseta de adobe con un equipo que parecía sacado de una película de la Segunda Guerra Mundial. Yo esperé mi turno, pagué 1.000S, y un encargado me puso en contacto con las oficinas. Aunque la comunicación fue complicada: mi interlocutor apenas hablaba inglés; y las interferencias eran constantes. Eso sí, verme allí rodeado de lugareños, finalizando cada frase con un “cambio y corto”, me pareció hilarante. Al final conseguí entender que el parque me podía enviar su barca a Ikola por 1.400Usd (¡?) y me despedí. En fin, había que intentarlo…
Tras estas gestiones se confirmó que me quedaba sin explorar Mahale Mountains y debía regresar a Mpanda para continuar mi ruta por Tanzania. Porque a los 300Usd de la lancha privada a Kalelani había que añadir la visita al parque (unos 200Usd); el transporte a Kigoma (una incógnita); y el vuelo a Dar Es Salaam (otros 150Usd mínimo). Demasiado dinero para mi presupuesto ajustado. Claramente me equivoqué al subirme de forma improvisada al tren de Mpanda en vez de esperar el de Kigoma, pero bueno.

COMIDA: MIAMI CAFE
Desde la estación de radio fui a este local de comida porque todavía estaba en ayunas. Casi sin darme cuenta se me acopló un chaval que hablaba algo de inglés y me había echado una mano al principio de la negociación con los pescadores; y se sentó en una mesa conmigo. Yo pedí judías en salsa con arroz y una Coke caliente (el camarero fue a comprarla a una tienda). Él chaval cambió la Coke por una sopa porque el precio de los platos ya incluye té (servido con leche y azúcar) y agua (de grifo).
El comedor estaba bastante sucio, con docenas de moscas revoloteando; y los clientes utilizaban las manos en vez de cubiertos. A la hora de pagar mi compañero ni siquiera se molestó en sacar dinero esperando que le invitara yo. No me hizo gracia pero es que todo costaba solo 3.300S (menos de 4€) así que no me pude negar. A cambio le dije que me llevara al hotel que buscaba la noche anterior.
ALOJAMIENTO: ZANZIBAR GUESTHOUSE – 3.500S/Noche
*Puntos a favor: habitación espaciosa; cama doble muy cómoda; baño privado; buena limpieza; ubicación inmejorable, en pleno centro de Ikola; tranquilidad total por la noche (era el único huésped); mosquitera; ventilador; té de cortesía al llegar; propietario realmente amable; precio.
*Puntos en contra: la ducha es un barreño de agua con un cazo; sin cartel exterior con el nombre; mobiliario destartalado; alguna que otra cucaracha.
Cuando llegué a la entrada de Zanzibar Guesthouse me quedé sin palabras. ¡Era el primer alojamiento donde el dueño del camión me propuso quedarme! Me dio rabia pensar que me podría haber ahorrado las ratas y los sonidos molestos. En fin, allí me recibió un matrimonio muy simpático originario de Zambia (por suerte sabían inglés) y al poco ya estaba instalado en una sencilla habitación que me pareció un lujo teniendo en cuenta de donde venía. El hombre me intentó echar una mano llamando por teléfono a un amigo que tenía una lancha para preguntarle por el precio hasta Kalelani pero también cobraba 300Usd. Además me cambió 30Usd en moneda local (30milS) para hacer frente a mis gastos (en Ikola no hay bancos).
A continuación me puse ropa de playa, con chanclas y bermudas, y me estiré en la cama a descansar. A las 17h volví al Lago Tanganika para contemplar el atardecer y disfruté de un espectáculo mágico. Había lugareños bañándose; mujeres lavando la ropa; barcas de pesca que llegaban procedentes de otros rincones; niños que se quedaban boquiabiertos al verme o me saludaban con un respetuoso “Shikamu” (una versión formal del típico “Salama”); y el sol en el horizonte tiñendo el cielo de color naranja. Me encantó el ambiente. Y más saber que era el único occidental de la zona, a orillas de un lago mítico. De hecho el dueño de la pensión me comentó que unos meses atrás otro mzungu pasó varios días en Ikola mientras buscaba transporte para continuar su ruta.

Después regresé a mi alojamiento paseando tranquilamente. En los patios de las viviendas las mujeres encendían fuegos para cocinar; y las gallinas y cabras campaban a sus anchas. Para cenar pregunté a la dueña de Zanzibar Guesthouse por un local recomendable y le dijo a una chica que me llevara a uno. Allí pedí un plato de trozos de carne de cordero con arroz y una Coke. Precio: 1.500S. En mi habitación dediqué el resto de la jornada a leer y escribir con una alegre música de fondo. Y a la hora de dormir el silencio era sepulcral. Justo lo que necesitaba.
RELAX EN IKOLA
Al día siguiente me desperté sin necesidad de utilizar mi alarma y me quedé un rato en la cama leyendo mi guía de viajes hasta que el hambre apretó. Entonces me vestí y salí a la calle en busca de víveres. Las tiendas de Ikola tienen una oferta de productos muy limitada y mi desayuno consistió en un paquete de galletas rellenas; y una lata de una misteriosa bebida de malta que estaba asquerosa y engullí como pude (al menos estaba fría). Posteriormente me quedé en la habitación, primero escribiendo y después durmiendo acompañado de la música. Se estaba genial. Un descanso más que necesario para recuperarme de las aventuras vividas.
COMIDA: MIAMI CAFE
Más tarde volví a este local y cayó otro plato de judías en salsa con arroz y una Coke (esta vez la compré yo mismo). Precio: 1.500S. A continuación me dirigí a la playa y confirmé que los habitantes de Ikola son muy respetuosos. Me miraban de reojo al pasar y si les saludaba me respondían con una sonrisa de oreja a oreja; pero si no seguían rumbo a sus tareas diarias. El calor era agobiante, con una elevada humedad que me hacía sudar sin parar. Qué pena no poderme bañar en el Lago Tanganika por culpa de los parásitos. De camino mi estómago explotó y tuve que correr hacia mi habitación con unos retortijones tremendos. Lo pasé fatal en el baño, con nauseas y diarrea. Pero por suerte me recuperé; me lavé la cara; me cambié de pantalón (algo se escapó); y me tumbé a recomponerme.
Ya en el Lago Tanganika me senté en una roca a ver una magnífica puesta de sol. No pude evitar dejar volar mi imaginación pensando en esos exploradores del siglo XIX que después de cruzar espesas selvas durante semanas enfrentándose a tribus hostiles, animales salvajes y enfermedades mortales, aparecían en estos lagos inmensos de África Oriental. Sobre la arena de la playa había montones de minúsculos peces secándose. Algunos críos me gritaban desde la distancia “mzungu”, “good morning” o “camera picture”. Y los más valientes se acercaban a escasos metros pero al girarme huían despavoridos.

Cuando empezó a oscurecer regresé a mi alojamiento. Mi estómago seguía delicado y decidí saltarme la cena, así que me senté a leer y escribir. Entonces noté algo que me tocaba el pie descalzo y comprobé con horror que era una cucaracha de grandes dimensiones que pasaba por encima. Tengo auténtica fobia a estos insectos y pegué un salto que casi me caigo al suelo. También había muchos mosquitos y a la hora de dormir me aseguré de que la mosquitera estaba bien colocada. Así acabó mi estancia en Ikola.
CONCLUSION
El Lago Tanganika es otro de esos lugares icónicos de la geografía africana, pero al igual que ocurre con el Lago Victoria se encuentra demasiado apartado de las principales atracciones turísticas de Tanzania y apenas recibe visitas. Si te animas te aconsejo que vueles a Kigoma desde Dar Es Salaam y después te dirijas a Gombe Stream o Mahale Mountains (en función del tiempo disponible) para ver chimpancés en libertad. Yo pasé un par de días agradables en Ikola y llegar fue una aventura, aunque hubiera preferido poder continuar en barca hasta Mahale.
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