Un emocionante recorrido por una animada favela y una subida en teleférico hasta la cima del Pan de Azúcar para contemplar las vistas de Río
Río de Janeiro es la segunda ciudad más poblada de Brasil, situada en una bonita bahía rodeada de selva y montañas de formas curiosas. Fue fundada por los portugueses en el año 1565, aunque su época dorada comenzó en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando se descubrió oro en Minas Gerais y el puerto de Río canalizó buena parte del comercio de minerales y esclavos, en detrimento de Salvador. En 1763 fue designada capital de Brasil. Y en 1808 albergó a la familia real, que se trasladó a la ciudad huyendo de las tropas de Napoleón y durante unos años convirtió a Río en la nueva capital del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarbes (algo inaudito en el resto de colonias europeas). Hasta que Brasil se independizó en 1822 dando paso al Imperio del Brasil, gobernado por Pedro I.
En el siglo XX Río de Janeiro perdió importancia. La capital de Brasil se trasladó a Brasilia; Sao Paulo emergió como el nuevo motor económico y cultural del país; y la ciudad se llenó de favelas que dispararon los índices de delincuencia. Pero a pesar de todo, Río se ha mantenido como el principal destino turístico de Brasil, con lugares tan icónicos como las playas de Copacabana e Ipanema, el Cristo Redentor o el Pan de Azúcar.
ALOJAMIENTO: WALK ON THE BEACH HOSTEL – 75R/Noche
*Puntos a favor: buena limpieza; ubicación céntrica, a 3 calles de la Playa de Copacabana; wifi rápido; toallas; personal muy amable; una Caipirinha de cortesía al llegar; abundante desayuno incluido en el precio.
*Puntos en contra: dormitorio de 12 plazas casi lleno; excesivo ruido por la noche (era fin de semana); ducha con agua bastante fría.

El taxi del aeropuerto me dejó en la puerta de este hostel recomendado por mi guía de viajes donde había reservado 2 noches a través de Booking. Allí me recibió Agnes, una simpática uruguaya que en un mes tenía previsto marcharse a vivir a Barcelona. Me explicó el funcionamiento del hostel, y una vez instalado fui al bar a tomarme la Caipirinha. Es la bebida nacional de Brasil, elaborada con Cachaça (licor de caña de azúcar), lima y azúcar. Estaba muy rica.
A continuación ya eran las 21.30h y no me apetecía salir (era noche cerrada y estaba lloviendo). Además me caía de sueño tras un montón de horas de vuelo, con lo cual decidí marcharme a dormir. La noche no fue ni mucho menos tranquila, porque era sábado y en el dormitorio había un montón de chavales con ganas de fiesta. Así que tuve que soportar a gente hablando en voz alta; o apareciendo de madrugada haciendo ruido. Menos mal que estaba muy cansado y conseguí dormir lo justo.
LAS PLAYAS DE RIO
Por la mañana me desperté a las 7h con los golpes de la gente entrando y saliendo del dormitorio sin ningún cuidado, y los gritos de la encargada de la cocina de fondo. Yo ya sabía que el desayuno no se servía hasta las 9h (un poco tarde), pero como no podía dormir decidí ponerme en marcha. Me duché, vestí y me senté a leer en el bar.
A las 8.30h la encargada me dijo que ya estaba listo el desayuno y no lo dudé ni un segundo. Me moría de hambre porque el día anterior no cené nada. El menú consistió en un buffet libre muy completo y lo aproveché al máximo: dos bollos de pan con mermelada; queso; mortadela; dos trozos de bizcocho; zumo de naranja; y un café con leche. Acabé como nuevo. Ya con el estómago lleno preparé mi mochila pequeña y salí a explorar la ciudad.

El día amaneció muy nublado y la predicción del tiempo anunciaba lluvia durante buena parte del día. Esto limitó mis movimientos porque en Río de Janeiro la mayoría de atracciones turísticas son miradores, playas y paseos por barrios históricos o naturaleza. No hay museos que merezcan la pena y sirvan de plan B para este tipo de jornadas, así que no sabía qué hacer. Por suerte el chaval encargado de la recepción me sugirió una visita que ni se me había pasado por la cabeza y decidí hacerle caso.
Para empezar caminé hasta la costa. Reconozco que iba bastante asustado porque la delincuencia en Río de Janeiro es un problema serio y me imaginaba un atracador en cada rincón. Pero bueno, no viví ninguna situación de peligro y poco a poco me fui relajando. Probablemente influyó que hacía menos de 2 meses que finalizaron los Juegos Olímpicos de Río y el gobierno había realizado un esfuerzo importante por mejorar la seguridad en las calles. Una vez en la costa recorrí el Paseo Marítimo hacia el oeste pasando por las playas más famosas de la ciudad:
1. Playa de Copacabana: con 4,5km de longitud, es el escenario de las celebraciones de Nochevieja, donde tienen lugar unos espectaculares fuegos artificiales. Para ser un sitio tan turístico me sorprendió la abundancia de viejos edificios y hoteles de estética años 70. Durante mi visita también había restos de escenarios e instalaciones metálicas utilizadas durante los Juegos Olímpicos, abandonadas a su suerte.
2. Playa de Arpoador: mucho más pequeña, se trata de un lugar ideal para contemplar la puesta de sol. También la frecuentan grupos de surfistas. No se puede acceder por la arena desde Copacabana porque en medio se interponen el Fuerte de Copacabana y el Parque Garota de Ipanema (llamado así por la popular canción de bossa nova).
3. Playa de Ipanema: forma parte del barrio más lujoso de Río de Janeiro, que ocupa una estrecha franja de tierra de apenas 750m con el Océano Atlántico a un lado y la Lagoa Rodrigo de Freitas al otro. La playa se divide en Postos que se reparten los diferentes grupos de la ciudad (familias, chavales, comunidad LGTBI).
4. Playa de Leblon: acaba en el Mirante do Leblon, un mirador que ofrece unas vistas épicas del Morro Dois Irmaos, con la Favela Vidigal extendiéndose por su ladera.
En general fue un recorrido agradable pero con un gran problema. El cielo se encontraba cubierto de nubes grises que difuminaban los colores y creaban un ambiente triste. El mar estaba agitado, con un fuerte oleaje (ondeaba la bandera roja). Y en la playa no había casi nadie aparte de alguna familia suelta y un grupo de lugareños jugando a vóley. Con este panorama apenas hice fotos. En el Paseo Marítimo, al ser domingo, sí que había bastantes cariocas (así se conoce a los habitantes de Río), con abundancia de corredores y ciclistas; y puestos de comida y bebida.

SUBIDA AL MORRO DOIS IRMAOS
En circunstancias normales al llegar al Mirante do Leblon habría dado media vuelta. Pero el encargado del hostel me recomendó cruzar la Favela Vidigal y subir a la cima del Morro Dois Irmaos. Yo no veía nada claro meterme solo en una favela con la de historias para no dormir que había escuchado y le di muchas vueltas. Aunque el chaval insistió en que era un lugar seguro y me pareció una aventura interesante, así que me acabé lanzando.
Desde el mirador pasé junto al horrible edificio del Hotel Sheraton, y al poco ya estaba en la Favela Vidigal. Aquello era un hervidero de gente, con viviendas apiñadas en muy mal estado y un tráfico intenso. Yo caminé con el corazón a mil por hora y mantuve mi cámara de fotos enfundada para evitar incidentes. En un punto vi un grupo de moto-taxis, me acerqué y pedí a un conductor con chaleco amarillo que me llevara hasta el inicio del sendero al Morro Dois Irmaos. El trayecto fue una auténtica locura, subiendo sin parar por una calle llena de curvas, a toda velocidad, con vehículos en sentido contrario circulando a escasos centímetros y frenazos al límite. Una descarga de adrenalina y por solo 3,5R (yo redondeé el precio a 4R).
Cuando el motorista se marchó seguía preocupado. Había dejado atrás la favela pero ahora estaba al lado de unas pistas de fútbol donde jugaban unos chavales y tenía que seguir un sendero solitario que se adentraba en el bosque. Menos mal que durante el recorrido me crucé con varios lugareños y algún que otro turista, y me fui tranquilizando.
El Morro Dois Irmaos es una de las imágenes clásicas de Río de Janeiro y se llama así porque es un cerro con dos picos (“dos hermanos”). El más alto tiene 535m y para coronarlo hay que recorrer 1,5km. Yo tardé 45 minutos pero no fue ni mucho menos un paseo. Las pendientes eran duras; el camino se encontraba embarrado y resbaladizo; y a pesar de estar nublado hacía un calor horrible. Aunque mereció la pena por dos motivos:
*Atravesé una zona selvática donde vi varios monos Titíes o Tamarinos (en inglés Marmosets). Son muy graciosos, con unas mechas de pelo en los laterales de la cara y una cola larguísima. Además no se muestran nada tímidos porque la gente les da comida (en la zona hay puestos que venden). Fue una sorpresa inesperada.
*Llegué a un Mirador con vistas espectaculares de la Favela Rocinha, una de las más grandes de Brasil. Es un auténtico mar de viviendas desde el que de vez en cuando me llegaba el sonido de música. No es aconsejable adentrarse solo. Hay agencias locales que organizan excursiones (como Favela Tour) aunque esto no elimina el peligro completamente. Por ejemplo en el año 2017 una turista española murió aquí mismo a causa de un disparo de la Policía.
Lástima que al alcanzar la cima del Morro Dois Irmaos una espesa niebla lo cubría todo, porque la panorámica de la Zona Sur de Río es una maravilla. Yo me senté un rato a esperar y en un par de ocasiones despejó un poco y conseguí alguna foto decente. Pero allí arriba hacia frío y la niebla me mojaba así que no tardé en marcharme.
Ya en la Favela Vidigal prescindí de las moto-taxis y bajé a pie hasta la base de la montaña. Me encantó caminar entre lugareños (algunos me miraban con cara de sorpresa), chabolas medio en ruinas, perros callejeros, y vehículos en todas direcciones. Tanto me animé que incluso hice un alto en Bar do Quequiño y me senté en una pequeña mesa exterior a tomarme una cerveza Antarctica helada de 0,6l mientras veía a la gente pasar (8R).
MAS LUGARES DE INTERES
A continuación esperé en una parada de autobús junto a la carretera que recorre la costa; y apareció un vehículo que por 4R me dejó en el mismo punto de la Playa de Copacabana donde comencé mi ruta por la mañana. Desde allí caminé hacia el este en busca de nuevas atracciones:
4. Playa de Leme: es una extensión de Copacabana y acaba en el Morro do Leme, donde se levanta el Fuerte Duque de Caxias. Se puede acceder por un sendero y disfrutar de las vistas.
5. Barrio de Botafogo: mi idea era encontrar un restaurante para cenar, pero se trata de una zona básicamente residencial y no lo conseguí. Lo único reseñable fue que vi en acción a los tristemente famosos “Meninos da Rua”. Son grupos de críos sin hogar que se buscan la vida como pueden en las calles de muchas ciudades brasileñas. Su técnica más utilizada es rodear a algún turista (incluso a plena luz del día) y robarle sus pertenencias. Yo pasaba junto a la entrada de un centro comercial, a escasa distancia de un grupo de Meninos, y uno le intentó robar una bolsa a una turista que salía. Aunque un agente de seguridad vio la escena y le detuvo al momento.

Tras caminar por amplias avenidas llenas de tráfico empezó a llover, con lo cual decidí parar un taxi y regresar al hostel (21R). Allí me senté en el bar a leer un rato y descansar; y a eso de las 19h salí de nuevo.
CENA: BRASILEIRO DE COPA
Como ya era de noche no tenía ganas de deambular sin rumbo por el centro de Río, así que pregunté al encargado de la recepción y me envió a este restaurante situado a un par de calles. Yo me senté en una mesa de la terraza y pedí un plato de Frango (pollo) a la Milanesa acompañado de frijoles, patatas fritas y arroz. Para beber cayó una Coke de 0,6l. La ración fue abundante y la atmósfera me gustó, rodeado de animados cariocas. Un sitio muy recomendable. De vuelta en el hostel no tardé en meterme en la cama. La verdad es que para ser mi primer día en Brasil no estuvo nada mal.
EL PAN DE AZUCAR
La jornada comenzó tras una noche mucho más tranquila que la anterior. Una vez en pie me vestí, desalojé el dormitorio, guardé mi mochila grande en una sala común, y me senté a leer en el bar hasta la hora del desayuno. Por suerte me dejaron empezar otra vez a las 8.30h. A continuación agarré mi cámara de fotos y continué explorando Río de Janeiro.

El día estaba completamente despejado, con cielo azul y un sol radiante. Para aprovechar el tiempo paré un taxi y fui al barrio de Urca, donde se encuentra una de las principales atracciones de Río: el Pao de Açúcar (19R). Se trata de una montaña de 396m de altura que ofrece unas vistas geniales de la ciudad y los alrededores. Los portugueses la bautizaron con este nombre por su forma, similar a la del azúcar, que se compactaba en bloques cónicos para transportar en los barcos con mayor facilidad. La otra opción hubiera sido subir a la estatua del Cristo Redentor, pero aquí las vistas son mejores por la tarde.
Ya en la base de la montaña me acerqué a las taquillas del teleférico que conduce a la cumbre. La mala noticia fue el precio: nada menos que 76R por el trayecto de ida y vuelta. Aunque casi no había gente y solo tuve que esperar unos minutos para comenzar el recorrido (lo habitual es encontrarse colas interminables). El teleférico fue inaugurado en el año 1912 aunque renovado por completo con posterioridad. Las cabinas tienen capacidad para 65 pasajeros, salen cada 20 minutos, y el viaje consta de dos etapas:
*Morro da Urca: primero se llega a la cima de esta montaña, donde hay un mirador con buenas vistas (sobre todo del Pao de Açúcar); y se puede entrar en una de las antiguas cabinas del teléferico, expuesta al público.
*Pao de Açúcar: la estrella de la visita, con una terraza desde la que contemplé una panorámica insuperable de Río de Janeiro. A mi izquierda el Morro do Leme, la playa de Copacabana y al fondo el Morro Dois Irmaos. A mi derecha la playa de Flamengo; el Aeroporto Santos Dumont (para vuelos nacionales) con algún avión maniobrando; y un larguísimo puente que cruza la Bahía de Guanabara y conecta la ciudad con la población de Niterói. Y en el centro la ensenada de Botafogo llena de embarcaciones; los rascacielos del distrito financiero; y en la distancia las montañas del Parque Nacional da Tijuca, cubiertas de selva, con el Morro do Corcovado coronado por el Cristo Redentor. No paré de hacer fotos desde todos los ángulos posibles.
En los alrededores vi numerosos Buitres Negros Americanos, un ave muy común en el continente que recibe diferentes nombres en función del país (en Brasil se les llama Urubu). Algunos planeaban y otros tomaban el sol con las alas extendidas. De vez en cuando aparecían grupos de turistas, pero hay espacio de sobras y en ningún momento me sentí agobiado. Yo estuve un buen rato en el mirador, hasta que poco a poco el cielo se fue cubriendo de nubes y decidí bajar. De regreso en el barrio de Urca, visité otros dos lugares de interés situados a escasa distancia:
1. Playa Vermelha: se llama así por el color rojizo de la arena. Está al pie del Morro da Urca, pero como ya se había nublado no encontré mucho ambiente.

2. Trilha Cláudio Coutinho: un sendero de 2km que sigue el contorno del Morro da Urca atravesando una zona boscosa. Yo lo comencé pero al cabo de unos minutos comprendí que no tenía tiempo y di media vuelta. Antes de volver al hostel me senté en una terraza llena de cariocas y probé un delicioso helado de Açaí (una fruta de color morado típica de Brasil). Precio: 8R.
Y con todo el dolor del mundo acabó mi recorrido por Río de Janeiro. La idea era dedicarle al menos otra jornada al final de mi ruta por Brasil, pero llovía sin parar y lo dejé correr.
CONCLUSION
Río de Janeiro es una de esas ciudades icónicas que no te puedes perder si recorres Brasil. Te recomiendo una estancia de 4 días completos para visitar los principales lugares de interés. Yo tan solo le pude dedicar día y medio (y encima con mal tiempo), aunque al menos contemplé las vistas desde el Pao de Açúcar, crucé la Favela Vidigal, paseé por las playas de Copacabana e Ipanema, y subí a la cima del Morro Dois Irmaos.
Pero me faltó tanto por hacer… Me hubiera encantado ver de cerca el Cristo Redentor; pasear por el barrio de Santa Teresa; apuntarme a un crucero por la bahía para contemplar la puesta de sol; ver los ensayos de una Escuela de Samba; disfrutar de un partido de fútbol en el mítico Estadio de Maracaná; salir de noche por el barrio de Lapa; explorar el Parque Nacional da Tijuca… Y como no, unirme a la interminable fiesta del Carnaval de Río. Aunque estoy seguro de que volveré a esta ciudad.
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