Una ruta en coche de alquiler por el remoto sur de Bahrein, con un elegante fuerte, instalaciones petrolíferas y un árbol en pleno desierto
Riffa es la segunda ciudad más grande de Bahrein y constituye la puerta de entrada al sur de la isla. Fue fundada en el año 1811 y está dividida en dos distritos: el occidental, habitado principalmente por la comunidad Sunita; y el oriental, de mayoría Chiíta, que vivió graves enfrentamientos con motivo de la Primavera Árabe y durante mucho tiempo estuvo considerado como el lugar más peligroso del país. Yo visité el Fuerte de Riffa y me quedé a pasar la noche en el distrito oriental sin saber nada de su oscuro pasado. Y después puse rumbo al sur para ver el enorme Árbol de la Vida, que pone una nota de color en un paisaje dominado por instalaciones petrolíferas y áridas llanuras. Aunque un error logístico me impidió explorar a fondo y acampar en el desierto.
El extremo sur de Bahrein se encuentra dominado por la Base Aérea de Sheikh Isa; el exclusivo complejo residencial de Durrat Al Bahrain, un archipiélago de islas artificiales con forma de herradura; y el Jumeirah Gulf of Bahrain Resort. En esta zona un mochilero tiene poco que hacer y la evité por completo.
VIAJE: A’ALI – RIFFA
Tras explorar los túmulos funerarios de A’Ali conduje 5km hasta Riffa oriental y me detuve junto al castillo que visitaría al día siguiente. Se levanta al borde de un acantilado que domina el Valle de Hunayniyah y esperaba contemplar una bonita puesta de sol, pero las nubes lo impidieron. Mientras los vecinos de Riffa llenaban la mezquita anexa (y de paso bloqueaban mi coche) aproveché para comer algo. Así que caminé hacia el centro; y me compré en un local un Shawarma de Pollo y una botella de agua grande (1D). También necesitaba urgentemente un baño y utilicé el de una mezquita. De vuelta en el coche llené el estómago. El Shawarma era de buen tamaño y me dejó como nuevo.

Mi plan era dormir dentro del vehículo y cuando se hizo de noche empecé a buscar en las afueras de Riffa un rincón oculto, pero hubo más dificultades de las previstas. Se trata de una parte de Bahrein muy urbanizada, con edificios, carreteras, recintos vallados y potentes farolas. Encima una horda de indios y pakistaníes equipados con sillas plegables convierten los espacios públicos en auténticas romerías, con gritos, risas y música. Por si fuera poco, el terreno es arenoso y mi coche no me permitía alejarme demasiado de la calzada porque me arriesgaba a quedarme atascado.
Primero probé suerte en el aparcamiento de unos jardines, aunque el tránsito de vehículos y personas era constante y me largué. Después descubrí un descampado de grandes dimensiones. El ambiente era festivo pero me dediqué a leer y escribir esperando que la cosa se tranquilizara. Me había comprado un par de chocolatinas para rematar la cena pero se derritieron y me quedé con las ganas. Pasada la medianoche todavía se escuchaba gente de charla y me fui a los alrededores del Fuerte de Riffa. Parecía que por fin había dado con un sitio para dormir, hasta que al poco apareció un coche con 3 chavales que se sentaron justo a mi lado. La situación era surrealista…

Finalmente volví al descampado, que era la opción menos mala de todas, y me estiré a dormir en los asientos traseros del coche. Pero no contaba con otro problema: el calor era horrible; y si bajaba las ventanas los mosquitos me cosían a picotazos (maté un par llenos de sangre). No me quedó más remedio que cerrarlas y sudé a mares, bebiendo agua sin parar. De vez en cuando cruzaban el cielo helicópteros procedentes de una base aérea del ejército situada a escasa distancia. Me acabé quedando dormido por puro agotamiento alrededor de las 2h de la madrugada. Vaya tela con Bahrein…
EL FUERTE DE RIFFA
Al día siguiente me desperté tras una noche para olvidar. Me moría de calor y en un par de ocasiones tuve que arrancar el motor para refrescar el interior del coche con el aire acondicionado porque me asfixiaba. Además a las 4h me asustó la atronadora llamada a la oración de una mezquita. En fin… A las 6h, cuando ya lucía el sol, regresé a las inmediaciones del Fuerte de Riffa para no levantar las sospechas de los vecinos. Durante el trayecto me crucé con niños que se dirigían al colegio. Desde el fondo del valle se escuchaba un altavoz que emitía himnos patrióticos y plegarias.
Más tarde caminé hasta el centro de Riffa. Era temprano pero por suerte encontré abierto un local de bebidas. Pedí un batido grande de plátano que me supo a gloria. A continuación aparqué a la sombra y maté el tiempo leyendo y escribiendo hasta que abrió el Fuerte de Riffa.
*Horario: 9h – 17h
*Precio: gratis
*Fotografía: ok
Un castillo construido en el año 1812 por Salman, hijo de Al Fatih, que al principio gobernó junto a su hermano Abdullah (establecido en Muharraq). Hasta que en 1846, tras un enfrentamiento fratricida, Salman se hizo con el control de todo Bahrein. El Fuerte de Riffa ha sido restaurado recientemente y luce un aspecto impecable. Se trata de un edificio de forma cuadrada con una torre en cada esquina. Por la mañana la luz es perfecta para la fotografía. El interior se divide en dos patios. El primero tiene una cafetería con una terraza que ofrece una buena panorámica del Valle de Hunayniyah; y un Museo de objetos antiguos. Pero ambos lugares llevaban casi un año cerrados por obras.
Solo pude ver el segundo patio, que tiene un par de salas con techos de troncos y mimbre; elaboradas puertas de madera; y muros con relieves. Lástima que había bastantes trastos por las obras en curso. De hecho creo que el Fuerte de Riffa estaba cerrado al público y el vigilante me dejó entrar sin cobrarme nada por ser occidental. Pegada al castillo hay una mezquita con un elegante minarete cónico.
EN BUSCA DEL ARBOL DE LA VIDA
Después de la visita al fuerte puse rumbo hacia el sur de Bahrein. Cuando dejé atrás Riffa el paisaje cambió radicalmente. Atravesé una llanura desértica con docenas de máquinas bombeando petróleo que parecían siniestros robots; entramados de tuberías; torres de alta tensión; camiones de mercancías; e instalaciones industriales. Parecía el escenario de una película de Mad Max. La carretera tiene tramos en mal estado, con peligrosos bancos de arena (en un coche normal hay que conducir con cuidado) y montones de bandas de frenado. También crucé un control policial; y pasé junto a un convoy de vehículos militares a toda velocidad. Menos mal que no me vieron mientras fotografiaba los alrededores desde mi coche.
A continuación llegué al famoso Árbol de la Vida. Se trata de una enorme acacia de 10m de altura que ocupa un solitario montículo en medio del desierto. Los expertos calculan que fue plantada en el año 1582. Resulta increíble que haya logrado sobrevivir tanto tiempo en ese entorno hostil. Desde la distancia parece un arbusto, achaparrado por el peso de sus ramas, y rodeada de cimientos de antiguas viviendas. Yo aparqué a escasos metros y me acerqué al árbol. Eso sí, el calor era tremendo y me movía a cámara lenta para evitar esfuerzos. Me hizo gracia ver un Centro de Visitantes en construcción (¿para un árbol?). En Bahrein se preocupan más por estos edificios que por el lugar de interés que representan.

Fue genial caminar entre las ramas retorcidas del árbol, salpicadas de hojas de color verde. Al lado había 3 trabajadores del subcontinente indio. Eran muy simpáticos y charlamos unos minutos. Tenía la sensación de estar en el fin del mundo y en realidad solo me separaban 40km de Manama.
Según los mapas, en las inmediaciones del Árbol de la Vida hay cafeterías, locales de comida y campamentos. Me hubiera venido bien uno para beber algo frío; utilizar el baño; y sentarme a descansar. Pero di una vuelta con el coche y no vi nada. Al final deduje que se trata de puestos ambulantes que aparecen los fines de semana o en fechas señaladas, cuando hay más clientes potenciales. Fue un duro golpe. Si lo hubiera sabido habría hecho una compra de víveres en Riffa.
La idea era visitar dos atracciones situadas no muy lejos: las Dragon Rocks (unas piedras erosionadas); y un conjunto de Cuevas. Después contemplaría la puesta de sol desde el Monte Fozan; y acamparía en algún rincón solitario. Aunque sin comida ni bebida tenía que cambiar de planes. Mientras decidía qué hacer pasó a mi lado un coche con un tipo de Gaza al volante. Buscaba una empresa y se había perdido, a pesar de que según él llevaba 17 años viviendo en Bahrein. Me explicó que era propietario de una patente relacionada con las shishas (pipas de agua) y necesitaba inversores en Europa (¡?). Aquello me descolocó por completo. A la que pude me despedí de él y conduje hacia el norte.

COMIDA: AL NAJAF SEA RESTAURANT
Para compensar mi fallida excursión al desierto decidí comer en un local que sirviera platos típicos de Bahrein. Lo encontré de casualidad en Al Maqsha, una población al oeste de Manama. El Al Najaf Sea Restaurant es un pequeño edificio con una planta baja donde un chaval tomó nota de mi pedido; y un primer piso diáfano con una alfombra y cojines. Allí me descalcé y me senté en el suelo. Y al momento vino un camarero con un mantel de plástico y la comida.
El menú consistió en Harees, una especialidad de Oriente Medio que se trata de un puré elaborado con trigo, carne de cordero y especias. Estaba rico pero pensaba que la ración sería más pequeña y me trajeron un bol enorme, así que lo pedí para llevar y se convirtió en mi cena. Se come habitualmente durante los meses de Ramadan y Ashura. De segundo elegí Chicken Machboos, el plato estrella de Bahrein. Es un arroz de grano muy alargado con un muslo de pollo, trozos de patata, lentejas y especias. Vino acompañado de una salsa de tomate picante; y una pequeña ensalada. Para beber cayeron dos sodas de naranja. El plato de arroz era gigantesco y me dejé casi la mitad. Acabé a punto de explotar. Me encantó el ambiente, rodeado de lugareños. Precio: 2,6D (menos de lo que cuesta un café con leche en Manama).
De esta forma acabó mi recorrido por Bahrain. Pasé la noche en el aparcamiento del Fuerte de Qalad Arad. Al día siguiente conduje al Aeropuerto, que estaba al lado; devolví el coche sin incidentes; y me dirigí a la Terminal de Salidas para continuar mi recorrido por el Golfo Pérsico.
CONCLUSION
Visitar Riffa y el sur de Bahrein merece la pena si te sobra el tiempo y cuentas con vehículo propio. De lo contrario será mejor que te centres en otros lugares de interés de la isla porque no verás nada inolvidable. En el caso de que te animes, una jornada será suficiente, pasando la noche en el desierto. Aunque no te olvides de hacer una compra en Riffa porque a partir de esta ciudad las tiendas y locales de comida brillan por su ausencia.
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