Dos lagos con playas de arena blanca y aguas cristalinas en un entorno de vegetación sorprendente y amables lugareños
El Canal des Pangalanes tiene 665km de longitud y está formado por una serie de lagos naturales conectados entre sí artificialmente. Discurre por la costa oriental de Madagascar, entre las poblaciones de Toamasina y Vangaindrano, y constituye una alternativa mucho más segura para los barcos de mercancías que las impredecibles aguas del Océano Índico. Las obras de construcción del Canal des Pangalanes comenzaron en 1896, durante la época colonial francesa, y se renovó durante los años 80. En esta zona habitan los Betsimisaraka, el segundo grupo étnico del país, que fueron conquistados por los Merina a principios del siglo XIX. Muchos son mestizos (llamados zana-malata) fruto de los matrimonios entre los piratas ingleses que frecuentaban la costa y las hijas de los jefes locales.
Los principales lugares de interés del Canal des Pangalanes son los lagos Rasoabe y Ampitabe, con bonitas playas de arena blanca y vegetación exótica; la Reserva Palmarium, habitada por graciosos lemures; y el Bosque de Vohibola, con interesantes circuitos. Aunque con tiempo y una barca las posibilidades son infinitas.
VIAJE AMBAVANIASY – BRICKAVILLE
Un desplazamiento que comenzó al poco de regresar de la Reserva de Vohimana. Entre estas dos poblaciones solo hay 105km de distancia siguiendo la RN2 hacia el este del país, pero fue un viaje más largo de lo previsto para el que necesité de 2 etapas:
1. Autoestop hasta Antsampanana: en Ambavaniasy no hay Terminal de Taxi Brousse, pero Gagah (mi guía en Vohimana) se plantó junto a la carretera principal y se dedicó a detener vehículos hasta que una pick up aceptó llevarme. Todo un detalle por parte del chaval.
Dentro había un grupo de trabajadores malgaches que venían de Antananarivo. El trayecto no fue ni mucho menos tranquilo por diferentes motivos: llovió con fuerza durante un buen rato; la carretera era un festival de curvas; el conductor avanzaba a toda velocidad, con frenazos bruscos; y el resto de vehículos eran aun peores (casi chocamos de frente contra un Taxi Brousse). Yo iba con el corazón en un puño. Eso sí, cuando llegamos a Antsampanana el conductor no aceptó el dinero que le ofrecí. No me puedo quejar.
2. Taxi Brousse a Brickaville: uno de los trabajadores también continuaba hacia el este y caminamos juntos hasta la Terminal, donde esperamos hasta que apareció un Taxi Brousse (2.500A). El ambiente era muy animado, con casetas de madera con diferentes productos a la venta, gente paseando en todas direcciones y chavales jugando al billar. Por supuesto tuvimos que esperar hasta que el vehículo se llenó de pasajeros; y una vez en marcha las paradas fueron constantes para que subieran y bajaran lugareños. Con lo cual tardamos una eternidad para cubrir apenas 30km. Además volvió a llover y comprobé que en estos casos no es buena idea sentarse junto a la ventana porque no cierran bien y entraba agua por las rendijas.
Brickaville es un importante centro agrícola rodeado de plantaciones de caña de azúcar. Tiene una avenida principal llena de puestos de fruta, básicamente plátanos aunque también vi exóticos durianes. Manambato (mi destino final del día) estaba a 18km, pero seguía lloviendo; empezaba a oscurecer; y cuando intenté contratar los servicios de un taxi privado me rodeó un grupo de buscavidas que me pedían precios ridículamente caros. Casi me hacen perder la paciencia. Al final me rendí y decidí buscar un sitio para pasar la noche.
ALOJAMIENTO: HOTEL LE CAPRICORNE – 50milA/Noche
*Puntos a favor: habitación enorme; cama doble muy cómoda; baño privado; buena limpieza; ubicación céntrica; mobiliario moderno; ventilador; restaurante propio a tarifas razonables (aunque la calidad es nefasta).
*Puntos en contra: lugar muy ruidoso; aparato anti-mosquitos en vez de mosquitera (una mala idea teniendo en cuenta que el hotel no tiene generador propio y los cortes eléctricos en Brickaville son frecuentes); precio.
Mis guías de viaje no recomendaban ningún alojamiento en Brickaville y decidí quedarme en el Hotel Le Capricorne. Cuando vi la habitación me pareció ideal, pero por la noche la cosa cambió. Una vez instalado encargué la cena en la recepción y contemplé desde la ventana un espectacular atardecer con el sol perfectamente definido en el horizonte y una zona de campos de cultivo. Al rato bajé al restaurante del hotel pero el camarero me tuvo esperando una hora en un comedor solitario. Y cuando llegó mi filete de cebú con patatas fritas me encontré con una carne muy mala (parecía una hamburguesa). Para beber cayó una cerveza THB. Precio: 10.500A.
De regreso en la habitación me preparé para una noche complicada porque el hotel se encuentra al lado de una discoteca donde ya se escuchaba música a todo volumen. Pero lo que ocurrió supero mis peores expectativas. La música continuó hasta altas horas de la madrugada (no ayudó que fuera sábado), con un DJ pegando gritos entre tema y tema. Y alrededor de la medianoche un corte eléctrico me dejó sin ventilador (el calor era asfixiante); y sin aparato anti-mosquitos (los insectos me asediaban y me tuve que tapar hasta el cuello rociandome la cara con repelente). Un duro golpe de realidad tras mi estancia en el paraíso de Vohimana.
Nota: curiosamente las dos habitaciones más caras de mi ruta por Madagascar fueron las peores con diferencia (la otra es Chez Berny, en Ranohira).
VIAJE BRICKAVILLE – MANAMBATO
Al día siguiente me desperté con mi alarma sonando a las 6h. Había dormido apenas 3 horas y estaba agotado, pero tenía por delante una jornada ajetreada y me puse en marcha. A continuación me vestí; desalojé la habitación; y me dirigí a la Terminal de Brickaville. Nada más llegar esquivé a los buscavidas y encontré un Taxi Brousse que tenía previsto partir hacia mi destino. Mi plan era recorrer un tramo de la RN2 hasta un desvío situado a 11km, y allí hacer autoestop para cubrir 7km de pista en mal estado que conducen a la población de Manambato. Lo malo es que en el Taxi Brousse solo había una mujer y sus dos hijas, y la espera podía ser larguísima (encima era domingo). Pero sorprendentemente el conductor arrancó al momento y cubrió del tirón toda la ruta hasta Manambato. Un problema menos…

Creo que el hombre iba a pasar el día con su familia a Manambato y buscaba pasajeros para sacarse un dinero extra. Yo por si acaso le pregunté el precio y me tranquilicé al ver que era el habitual (2milA). Durante el trayecto cruzamos un puente de hierro que sortea el enorme río Rianala (me hubiera encantado parar a hacer alguna foto). Y al cabo de un rato llegamos al centro de Manambato. Desde allí caminé 500m hasta la zona de hoteles.
ALOJAMIENTO: HOTEL LES ACACIAS – 40milA/Noche
*Puntos a favor: bungalow espacioso; cama doble muy cómoda; baño privado; limpieza impecable; ubicación genial, a escasos metros del Lago Rasoabe; mosquitera; ventilador; personal realmente amable; restaurante propio a tarifas razonables; precio.
*Puntos en contra: lugar ruidoso (el bungalow está unido a otros tres por el lavabo y se escucha demasiado a los vecinos); mobiliario destartalado.
En la recepción me atendió una chica de belleza espectacular y me dio la segunda buena noticia del día: quedaba un bungalow disponible. Y es que los fines de semana muchos habitantes de la capital acuden a Manambato. Una vez instalado me senté en la terraza del restaurante y disfruté de un merecido desayuno porque estaba hambriento. Pedí un huevo frito; pan con mermelada; un zumo de mango; y dos tazas de café con leche. Todo por 9.500A.

RELAX EN EL LAGO RASOABE
El motivo de mi presencia en Manambato era conocer el Lago Rasoabe. Forma parte del Canal des Pangalanes y se trata de un lugar ideal para desconectar, con una interminable playa de arena blanca y aguas cristalinas; y vegetación tropical. Me sorprendió la atmósfera tranquila a pesar de ser domingo. Tras varios días intensos esta jornada transcurrió a cámara lenta. Hacía un tiempo ideal, con un cielo salpicado de nubes blancas y una ligera brisa. Yo me dediqué a bañarme en el lago (la temperatura era perfecta); descansar sentado a la sombra en una silla del hotel; y pasear por la orilla en busca de imágenes fotogénicas. Vi lugareños caminando; sencillas canoas; unos patos nadando; y un cebú que se acercó a la playa a beber.
Durante la parte central del día me eché una siesta en el bungalow. Después estuve un rato explorando Manambato, una aldea con viviendas tradicionales levantadas sobre pilones de madera que tienen paredes de caña y techos de paja. Me llamó la atención una iglesia con un altar exterior donde hay una escultura de la Virgen; el colegio; gallinas campando a sus anchas; y grupos de niños jugando.
Más tarde contemplé la puesta de sol en el lago y me senté a cenar en la terraza del restaurante del hotel. Me atendió un simpático camarero y pedí espagueti boloñesa acompañados de un pan delicioso; y una cerveza THB helada que me devolvió la vida. Precio: 15.500A. Mientras comía apareció un grupo de chicas de la etnia Betsimisaraka contratadas por el hotel que interpretaron una serie de bailes y canciones típicas de la zona. Cuando acabaron dejé 1.500A de propina y me fui a dormir a mi bungalow.
RUMBO AL LAGO AMPITABE
La jornada comenzó a las 7h tras una noche de sueño impecable. En esos momentos no me imaginaba que estaba a punto de vivir aventuras épicas. Una vez en pie fui a desayunar al restaurante del hotel. Pedí pan con mermelada; un zumo de mango; y dos tazas de café con leche. La comida tardó pero estaba rica. Precio: 6.500A. A continuación preparé las mochilas; y desalojé el bungalow. El plan del día era viajar hasta el Lago Ampitabe siguiendo el Canal des Pangalanes. Pero no hay transporte público y alquilar la barca del hotel costaba 180milA. Si no encontraba otros pasajeros para compartirla me iba a tocar rascarme el bolsillo. Menos mal que me sonrió la suerte.
Al preguntar en la recepción la encargada llamó al dueño del Hotel Les Acacias, y resultó ser un abuelete medio loco al que aguanté un rato el día anterior por una mezcla de lástima y educación. El hombre me explicó que un grupo de 12 turistas de Reunión había alquilado la barca para visitar el Lago Ampitabe y se ofreció a hablar con ellos para que me permitieran unirme. Fue arriesgado porque tuve que esperar más de 2 horas hasta que llegaron sin saber si me iban a aceptar, pero la verdad es que el abuelete me vendió de maravilla (dijo que era un fotógrafo español que visitaba Madagascar) y pude subir a la barca. Antes de marcharme me despedí del personal del hotel y les dejé 7.500A de propina.
El trayecto duró hora y media. Primero atravesamos el Lago Rasoabe bajo una fina lluvia. Y después nos internamos en el Canal des Pangalanes, donde salió el sol y contemplé playas de arena blanca; bosques de vegetación exuberante; palmerales; sencillas aldeas; y lugareños pescando en canoas tradicionales. De vez en cuando hablé con alguno de los integrantes del grupo para crear buen ambiente preguntándoles cosas de su país. Al final llegamos al Lago Ampitabe, el principal centro turístico del Canal des Pangalanes. Y tras unos minutos la barca amarró en el embarcadero del lujoso Hotel Palmarium. El grupo decidió sentarse a comer aunque yo decidí continuar. Les ofrecí dinero por mi presencia pero como era de esperar se negaron en redondo. Una gente muy maja…
LA RESERVA PALMARIUM
Al lado del hotel se encuentra la Reserva Palmarium. Protege un tramo de bosque litoral con palmeras, plantas curiosas y diferentes especies de lemur, algunas de ellas procedentes de otras partes de Madagascar. Los huéspedes del Hotel Palmarium pueden entrar gratis, en cambio a mí me costó 15milA. En la recepción me asignaron un guía que me enseñó la reserva durante una hora explicándome las propiedades medicinales de cada planta.
También iba con una bolsa de plátanos para atraer a los lemures, que están totalmente acostumbrados a la presencia humana. No soy muy partidario de estas prácticas pero bueno. El guía se tuvo que emplear a fondo llamándolos con un grito característico porque era la parte central del día y los animales estaban descansando a la sombra. Pero al final aparecieron un par de Crowned Lemur; otro de bonitos Coquerel’s Sifakas de pelaje blanco con el vientre marrón oscuro; y un raro ejemplar de Lemur Híbrido.

Los lemures se volvían locos al ver los plátanos. Me los intentaban quitar de las manos tirándome del brazo y se me subían a los hombros. Uno se emocionó tanto que se me cagó encima manchándome la camiseta blanca. Pero el guía me hizo fotos simpáticas y pasé un rato agradable. Cerca de la puerta de acceso también vimos una Tortuga Radiada que exigió su cuota de plátanos.
Tras la visita me dirigí a pie hacia el Hotel Pangalanes Jungle Nofy, situado en la orilla norte del Lago Ampitabe, a 2km de distancia. Era la opción más económica de la zona y a mi presupuesto le venía genial. Tardé una hora en llegar caminando descalzo por playas desiertas bajo un sol de justicia, cargado con mis mochilas y cruzándome con lugareños que me miraban con ojos llenos de curiosidad. La sensación de aventura era total.
El momento más delicado se produjo cuando llegué a un punto donde el Lago Ampitabe se había unido con otro más pequeño y el agua me bloqueaba el paso. Yo me quedé allí pasmado sin saber qué hacer, hasta que apareció un chaval y me indicó la parte menos profunda. Así que me arremangué los pantalones y me metí en el lago. A cada paso que daba me sumergía un poco más y al final me temí lo peor, con mis mochilas encima y el agua hasta la cintura. Pero conseguí alcanzar el otro lado y continuar mi ruta hacia el norte. Qué nervios…
ALOJAMIENTO: HOTEL PANGALANES JUNGLE NOFY – 55milA/Noche
*Puntos a favor: bungalow enorme con varias habitaciones; cama doble muy cómoda; baño privado; ubicación inmejorable, en primera linea de mar; tranquilidad total por la noche (era el único huésped); mosquitera; ventilador; wifi rápido; restaurante propio a tarifas económicas; propietario (Stéphane) realmente amable; precio.
*Puntos en contra: ducha con escasa potencia.
Al llegar al lugar me encontré un panorama desolador, con un grupo de bungalows que parecían abandonados y ningún empleado a quien preguntar. Mira que si el hotel estaba cerrado y me había pegado esa caminata para nada… Por suerte, cuando ya valoraba la opción de colarme en un bungalow, apareció un trabajador y me llevó a conocer a Stéphane, un francés muy simpático que me descontó 20milA del precio habitual por viajar solo.
Nada más instalarme salí a dar un paseo por los alrededores siguiendo los consejos de Stéphane. Primero recorrí un sendero bien marcado que atraviesa un tramo de selva. Aquí abunda una llamativa variedad de palmera conocida popularmente como Árbol del Viajero porque acumula agua en su interior y constituía un oasis para los viajeros sedientos. Es una imagen icónica del país y aparece en el logo de Air Madagascar.

Después avancé por el curso de un arroyo rodeado de una vegetación de aspecto extraterrestre. Yo caminaba despacio por si había algún animal peligroso. Más tarde Stéphane me comentó que es habitual ver algún cocodrilo en la zona. Pues anda que avisa… El riachuelo finalizó en un pequeño lago situado en medio de un paisaje de postal, con plantas exóticas, una playa solitaria y las últimas luces del atardecer. Había costado llegar hasta este remoto rincón de Madagascar pero mereció la pena. Mi cámara de fotos echaba de humo y no me quería marchar de allí. De regreso en el hotel acabé la jornada bañándome en las cálidas aguas del Lago Ampitabe durante la puesta de sol, con el cielo teñido de color naranja.
UNA CENA DE LUJO
A la hora de cenar acudí al restaurante del hotel y ocupé una mesa. El comedor es muy atmosférico. Se trata de una construcción de madera de grandes dimensiones con techos altos y paredes donde hay colgadas enormes pieles de cocodrilo (el padre de Stéphane se dedicaba a cazarlos en el pasado). El dueño me propuso un menú al que no me pude negar: gratin de langosta (pescada esa misma mañana); filete de cebú a la pimienta acompañado de arroz y patatas fritas; plátano con caramelo; y una cerveza THB. Los platos tardaron en llegar pero todo estaba delicioso, con raciones abundantes. Digno del mejor restaurante de París. Precio: 20milA.
Tras la cena Stéphan me invitó a otra THB y estuvimos charlando. Hacía poco que se había hecho cargo del hotel familiar por la muerte de su padre y tenía muchos planes para reactivar el negocio. También me enseñó su colección personal de objetos curiosos. Ante mí desfilaron cajas y cajas llenas de maravillas naturales: conchas de mil formas, tamaños y colores; minerales rarísimos; huevos de cocodrilo; colmillos de jabalí… Fue un espectáculo. De vuelta en mi bungalow pensé que el universo me estaba compensando por todos los malos momentos vividos durante el viaje a causa de la lluvia. Y me quedé dormido mientras en el exterior soplaba un viento huracanado y se escuchaba el sonido de las olas en la distancia.

VIAJE LAGO AMPITABE – ANTANANARIVO
Al día siguiente me desperté con mi alarma sonando a las 6h. Mi idea era realizar una breve excursión por el Bosque de Vohibola, que se extiende al norte del hotel y constituye uno de los escasos tramos de bosque litoral que ha sobrevivido a la deforestación. Pero al abrir la puerta del bungalow me encontré con un tiempo horrible dominado por la lluvia, el viento y el frío. Tanta buena suerte no era normal… En su lugar fui a desayunar al restaurante del hotel. Me atendió un empleado muy amable y pedí un huevo frito; pan tostado con mermelada; un zumo de plátano; y dos tazas de café con leche. Precio: 7.500A. A continuación preparé las mochilas y desalojé el bungalow.
Tenía que regresar a Antananarivo para subirme a un avión que me llevaría de vuelta a casa. Y me esperaba una auténtica odisea: caminata; barca hasta Manambato; Taxi Brousse a Brickaville… No lo tenía nada claro. Pero Stéphane descubrió una alternativa que lo cambiaba todo. Consistió en 3 etapas:
1. Barca hasta Andranokoditra: Stéphane me acercó en su barca hasta esta aldea situada a 2km del hotel. ¡Y encima gratis! El agua estaba muy revuelta y no creo que hubiera podido encontrar transporte para volver a Manambato.
2. Tren a Brickaville: una vez en el pueblo fuimos a la Estación porque a las 10h estaba previsto que pasara por allí el tren que cubre la ruta Toamasina – Antananarivo. Es muy lento pero me ahorraba quebraderos de cabeza y encima viviría la experiencia de viajar en tren (mi medio de transporte favorito). Mientras esperaba caminé unos metros para ver el Océano Índico. La playa estaba llena de canoas tradicionales, y había un par de pescadores faenando entre peligrosas olas. De nuevo en la Estación charlé un rato con Stéphane y un conocido suyo junto a una vía solitaria, rodeados de grupos de lugareños con su equipaje.

El tren apareció con media hora de retraso. Era muy antiguo y compuesto por tan solo 3 vagones. A continuación me despedí de Stéphane agradeciéndole su gran amabilidad y subí a uno de los vagones. En el interior el ambiente era caótico, con gente por todas partes, pero al ser el único turista occidental se apretaron y me dejaron un hueco para sentarme. Poco después pagué el billete al revisor (3milA). El trayecto duró hora y media avanzando por la estrecha franja de tierra que separa el Canal des Pangalanes y el Océano Índico, con imágenes de playas solitarias, palmeras y pequeñas aldeas.
Aunque los pasajeros estaban más interesados en beber ron blanco. Uno de ellos tenía una caja de botellas y vaciaba una tras otra en un vaso de plástico que pasaba de mano en mano por el vagón entre risas y bromas. A mí también me ofrecieron pero me mantuve al margen. En una Estación había vendedoras ambulantes con pescados ahumados y todo el mundo compró (se los comían con cabeza y todo). Aquello parecía una fiesta de cumpleaños. La gente se interesó por mí y hablé con algún lugareño, pero su francés era muy básico y la comunicación fue complicada.
3. Taxi Brousse hasta Antananarivo: al llegar a Brickaville me bajé del tren. Es posible continuar hasta la capital, pero a ese ritmo no hubiera llegado a tiempo para mi vuelo a España. Me costó salir del vagón porque solo hay una pequeña puerta y se amontonaban pasajeros entrantes y salientes, mercancías, vendedores y buscavidas.

Después me dirigí a la Terminal de Taxi Brousse, pero un tipo me preguntó dónde iba y al poco detuvo un vehículo que viajaba a Antananarivo ahorrándome la caminata. Incluso colocó mi mochila grande en el techo, así que se ganó 2milA de propina. Dentro conseguí un asiento espacioso y viajé muy cómodo (16milA). El trayecto duró 6 horas para recorrer 255km y transcurrió sin incidentes. Así acabaron mis aventuras por Madagascar.
CONCLUSION
El Canal des Pangalanes es una zona que todavía se mantiene alejada de los circuitos turísticos. Me parece un lugar ideal para descansar tras varios días explorando los parques nacionales y reservas del centro de Madagascar. Aquí encontrarás playas de arena blanca y aguas cristalinas; aldeas tradicionales; gente maja; y hoteles con una relación calidad-precio excelente. Te recomiendo dedicar a Pangalanes un mínimo de 3 jornadas, una para el Lago Rasoabe y dos para el Lago Ampitabe y sus alrededores, incluyendo una estancia en el magnífico Hotel Pangalanes Jungle Nofy.
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