Un centro cultural abandonado, un valle de manantiales curativos y una demostración de caza con un águila espectacular y un perro Taigan
Al igual que ocurrió en el Mar de Aral, los rusos no tardaron en aprovechar el lago Issyk Kul para el desarrollo de su industria armamentista, y en 1953 crearon la base militar de Ulan, situada en la orilla este, cerca de Karakol. Aquí se realizaron todo tipo de tests secretos con torpedos y vehículos submarinos, y en tiempos de la Unión Soviética la población local tenía vetado el acceso a la zona. Con la independencia de Kirguistán las instalaciones continuaron activas a cambio del pago de un generoso alquiler. Y en los últimos años se ha apuntado al carro la India, que también cuenta con un centro de investigación en el lago. Paralelamente Issyk Kul se ha convertido en la principal atracción turística del país, atrayendo a visitantes kazajos y rusos en busca de playas y diversión a buen precio.
Desde Karakol recorrí la orilla sur del lago Issyk Kul utilizando como base las poblaciones de Tamga (alojado en un antiguo sanatorio soviético) y Bokonbayevo. Entre los lugares de interés más destacados visité las Cascadas de Barskoon, el cañón de Skazka y las ruinas de Aalam Ordo.
VIAJE: KARAKOL – TAMGA
La jornada comenzó a mediodía tras abandonar mi habitación del Duet Hostel y despedirme de los encargados. A continuación me dirigí a la Terminal Sur, situada a 5 minutos, y encontré la marshrutka nº316 que cubre la ruta entre Karakol y Tamga. Después guardé la mochila grande en el maletero trasero; y ocupé un asiento de la fila individual. La salida estaba prevista para las 13h, así que compré galletas y zumo en una tienda cercana y me senté a leer. Al rato el conductor pasó a cobrar los billetes y se quedó los 100S que le di, aunque el importe habitual son 80S (imagino que por la mochila grande).

El viaje duró casi 2 horas y transcurrió sin incidentes. Al principio cruzamos campos de cultivo y alguna pequeña población, con vistas geniales de los Montes Tian Shan. Hacia la mitad del trayecto aparecieron a la derecha las aguas del Lago Issyk Kul, de un color azul intenso. De camino paramos en varias ocasiones a que subieran y bajaran pasajeros. Y vimos un par de controles de velocidad de la Policía (los vehículos avisaban de su presencia con las luces largas). Antes de llegar a Tamga pedí al conductor que me dejara en la zona del lago.
ALOJAMIENTO: SANATORIO – 700S/Noche
*Puntos a favor: habitación espaciosa; cama doble (en realidad eran dos individuales unidas); baño privado; buena ubicación, junto al centro de Tamga y rodeado de jardines; nevera; wifi (aunque solo funcionaba en la sala común); precio.
*Puntos en contra: agua fría; ducha compartida (para dos personas, sin separación); insectos muertos por el suelo de la habitación; mobiliario destartalado (aunque es parte del encanto del sanatorio); sin calefacción; sin servicio de comidas (en el recinto hay una cantina pero siempre estaba cerrada).
En Tamga hay un montón de alojamientos pero en Booking solo aparecían dos: un hostel con dormitorios compartidos y un hotel caro. Así que decidí improvisar sobre la marcha. Primero elegí una guesthouse situada a escasos metros de la playa con buenas valoraciones en Google Maps. Aunque en la puerta los vecinos me dijeron que los dueños no estaban y me recomendaron una alternativa.

Se trataba de un antiguo sanatorio soviético construido durante los años 30 para el descanso de militares, astronautas y deportistas de élite. Por lo visto Yuri Gagarin pasó una temporada aquí en 1961 tras convertirse en el primer hombre que viajó al espacio. La entrada norte se encontraba justo al lado de la guesthouse y me dejó sin palabras, con dos estatuas plateadas de Gagarin y Valentina Tereshkova (la primera mujer que repitió la hazaña de Gagarin 2 años más tarde); y un escudo con la hoz y el martillo. Eso sí, el edificio principal del sanatorio está a más de 1km de allí. Tuve que atravesar un bosque solitario y después subir docenas de escaleras cargado con mis mochilas. Acabé empapado en sudor.
En la recepción del sanatorio nadie hablaba inglés pero con gestos logré comunicarme. Una señora me cobró y llamó por teléfono a la encargada para que me condujera a mi habitación, situada en el primer piso. Y al poco de instalarme salí a investigar.
A nivel arquitectónico el sanatorio de Tamga es más interesante que el de Jeti Oguz. Cerca del edificio principal hay una serie de paneles con mosaicos soviéticos que representan escenas relacionadas con la sanidad. En ellos aparecen médicos y enfermeras, pacientes, y una pareja cogida de la mano. Después recorrí los jardines y descubrí varias construcciones señoriales con columnas y estatuas; fuentes; y un parque infantil. Acabé en el pabellón que alberga la piscina, con una fachada cubierta de relieves. A parte de la entrada que utilicé hay dos más, decoradas con estrellas rojas y custodiadas por vigilantes de seguridad. En su día este sanatorio fue un ejemplo de lujo y exclusividad.
UN PASEO POR TAMGA
Desde la carretera que bordea el Lago Issyk Kul se ve un montículo con la estatua de una cabra montesa y un avión de combate sobre un pedestal. El centro de Tamga se encuentra 1km hacia el sur y me encantó su ambiente. Tiene viviendas tradicionales con tejados de madera (algunas abandonadas o en ruinas); panorámicas épicas de las montañas; y un memorial dedicado a las víctimas de la Gran Guerra Patriótica con una estatua de un soldado, un cañón, y fotos de veteranos cargados de medallas. Mi visita coincidió con el final de las clases y las calles estaban llenas de críos que me miraban con curiosidad (las niñas llevaban macetas con flores).
A las 18h el cielo se cubrió de nubes oscuras que amenazaban tormenta y busqué un sitio para cenar. Pero no vi ningún restaurante y decidí hacer una compra de comida en una tienda por si acaso. Después pregunté a una señora (de nuevo con gestos) y me confirmó que no había locales abiertos. La única opción era una cantina situada dentro del recinto del sanatorio, aunque cuando llegué estaba cerrada. Vaya tela… Con lo que me apetecía un plato caliente… En su lugar regresé a mi habitación y me conformé con pan, queso, un plátano y una chocolatina, todo acompañado de Nestea.
Yo pensaba que el sanatorio estaba vacío pero mientras cenaba apareció un grupo de chavales que durante horas se dedicaron a hablar a gritos, caminar arriba y abajo, y hacer ruido con sus móviles. Por suerte la encargada de la recepción me había dado una habitación apartada y las paredes son gruesas, aunque hasta pasada la medianoche no reinó la calma.
EXCURSION AL VALLE DE BARSKOON
Al día siguiente me despertaron las voces de los chavales a las 6.30h (a saber dónde irían a esas horas). Menos mal que me volví a quedar dormido hasta las 8h y pude recuperar fuerzas. Una vez en pie desayuné bollos de pan con mermelada, una chocolatina y Nestea; preparé la mochila pequeña; y salí a la calle consciente de que tenía por delante una jornada complicada. En el exterior lucía un sol agradable. Primero caminé hasta la carretera y me puse a hacer autoestop para llegar al inicio del Valle de Barskoon, situado a 5km de distancia siguiendo la orilla del lago Issyk Kul. Al poco paró un coche con dos lugareños y me llevaron. No les ofrecí dinero porque el trayecto era muy corto.
El siguiente tramo no sería tan sencillo. Tenía que adentrarme 20km en el Valle de Barskoon por una pista sin asfaltar donde en temporada baja apenas hay tráfico. Yo intenté hacer las cosas bien y me acerqué a una parada de taxis. Pero el único conductor disponible se pensó que era tonto y me pedía 1.500S por el viaje. El precio era tan ridículamente alto que ni me molesté en negociar (lo normal hubieran sido 400S). Y allí se quedó el tipo estirado a la sombra sin importarle perder un cliente. Los taxistas son de otro planeta…
La única opción que me quedó fue plantarme en la pista y hacer autoestop. Estuve más de media hora esperando y reconozco que me temí lo peor porque no pasaban vehículos y los pocos que vi me ignoraron. Pero al final paró un coche con dos mujeres que iban a un campamento de yurtas ubicado a escasos metros de mi destino. Ellas no me dirigieron la palabra y recibieron mis comentarios con frialdad, así que me mantuve callado el resto del trayecto. De camino atravesamos un paisaje árido con fuertes desniveles; y pasamos entre dos rebaños de ovejas y vacas.

Por cierto, la pista finaliza en las minas de Kumtor, situadas a 4.200m de altura, donde se explota uno de los yacimientos de oro más grandes del mundo. Kumtor pertenece a una empresa canadiense y sus aportaciones a las arcas estatales representan alrededor de un 10% del PIB de Kirguistán. Aunque durante mi estancia el gobierno había decidido tomar el control de las minas de forma temporal alegando deudas fiscales y daños ecológicos en lo que podría ser el primer paso de una nacionalización. Varios expertos apuntan que detrás de este movimiento se esconden los intereses de Rusia y China. Las minas están cerradas al público y antes de llegar hay controles que impiden el paso a cualquiera que no tenga un permiso especial.
En el campamento le di 100S a una de las mujeres, que no se inmutó (quizás esperaba más) y me despedí. Pero bueno, ya estaba en el Valle de Barskoon y podía dedicarme a visitar sus lugares de interés. Esto fue lo más destacado:
1. Esculturas de Yuri Gagarin: hay dos. Por un lado un busto sobre un pedestal. Y por otro un relieve esculpido en una enorme roca pintada de color rojo y dorado donde aparece la cara del famoso astronauta con su escafandra y varias estrellas. La imagen es surrealista en un lugar tan remoto rodeado de montañas. Mientras contemplaba el relieve empezó a llover con fuerza. Yo me puse el chubasquero y corrí a protegerme bajo un tejado metálico. Incluso granizó durante un momento. Menos mal que las nubes se marcharon pronto y pude disfrutar del entorno, con paredes de roca verticales, afiladas cumbres cubiertas de nieve, y bosques de coníferas. A escasa distancia pastaban grupos de caballos, y un gavilán revoloteaba en busca de comida.
2. Cascada 1: se encuentra al final de un sendero que se adentra en el bosque en constante subida y tardé 15 minutos. El salto de agua estaba desierto y me quedé un rato haciendo fotos.
3. Cascada 2: según el mapa el sendero continuaba desde la Cascada 1, pero no conseguí encontrarlo porque las marcas desaparecieron de repente; no había ningún tipo de señal; y encima el GPS empezó a fallar y no indicaba mi posición real. Yo trepé por una empinada pendiente en busca de una vía directa. Hasta que entendí que aquello no tenía sentido y bajé como pude arrastrándome y midiendo cada paso para no sufrir una peligrosa caída. Más tarde probé otra ruta y acabé igual, así que me resigné y volví al fondo del valle.
Entonces llegó una furgoneta con un grupo de chavales que empezaron a subir por la montaña en dirección a la Cascada 2 por un sendero que no había visto. Y como no me gusta dejar las cosas a medias me puse en marcha y avancé a buen ritmo. De camino pasé por el improvisado campamento de los chavales, con música, mantas, un fuego y utensilios de cocina. Y alcancé la Cascada 2, situada en medio de un profundo barranco al que no me atreví a asomarme. Tiene 24m de altura pero las vistas son discretas porque el salto de agua queda parcialmente oculto tras los árboles.
4. Cascada 3: es la más llamativa, con un potente chorro que emergía atravesando un bloque de hielo. Pero se encuentra a más de 3mil metros de altura y el sendero de acceso es demasiado aéreo y resbaladizo, así que me conformé con verla desde la pista.

REGRESO A TAMGA
De nuevo en el fondo del valle piqué una barrita de chocolate y me puse a hacer autoestop para volver a Tamga. Fue aun más complicado que la ida pero al final lo logré. Primero me recogió una familia que finalizó su trayecto a tan solo 2km, en un campamento de yurtas con un curioso camión en miniatura sobre un pedestal. Después de pedirme cantidades abusivas el padre me propuso llevarme a Tanga por 500S (un precio razonable) pero decidí jugármela. Casi me sale mal porque durante media hora solo pasaron camiones procedentes de la mina a toda velocidad. Pero cuando estaba a punto de llamar al tipo y aceptar su oferta paró un coche.
Al volante iba Zholdosh, un chaval que hablaba un inglés excelente y regresaba a casa tras una jornada de trabajo en un puesto de control de la Sarychat-Ertash Nature Reserve. Este parque protegido se encuentra relativamente cerca de las minas de Kumtor y es uno de los mejores lugares del país para intentar ver leopardos de las nieves. Está financiado por Pantera, una ONG americana. Zholdosh era muy simpático y me dejó en el centro de la población de Barskoon. Como no sabía si podría comer en Tamga decidí aprovechar que en Barskoon hay más opciones. Zholdosh me acompañó a un local recomendado y nos despedimos (le di 100S por el trayecto). A continuación pedí una Somsa, un Shawarma y té. Me gustó el sitio, regentado por una acogedora familia y lleno de lugareños. Precio: 210S.

Más tarde di un paseo por Barskoon. Durante mi recorrido vi grupos de niñas que me saludaban con educación; viviendas típicas; y una pequeña mezquita. Para volver a Tamga intenté negociar con un taxista pero de nuevo me pedía un precio que consideré carísimo (200S por 9km) y preferí buscarme la vida. Primero caminé hasta la carretera principal cruzando una zona de campos de cultivo por una pista de tierra con unas vistas espectaculares de las montañas. Y después hice autoestop. Un par de tipos me pedían 200S aprovechándose de la situación, pero al final paró una furgoneta con un grupo de lugareños que trabajaban en el sector turístico y me llevaron gratis.
Antes de regresar al sanatorio decidí quedarme en la orilla del Lago Issyk Kul para contemplar la puesta de sol. Fue un momento mágico, sentado en una roca, con la silueta de dos pescadores en la distancia; música tradicional procedente de un café; el sonido repetitivo de un Cuco; y el sol cada vez más bajo hasta ocultarse tras los Montes Ala-Too. Lástima de las nubes de mosquitos que me rodeaban.
En la entrada del sanatorio me encontré al vigilante y hablamos unos minutos. El hombre me explicó que tenía… ¡10 hijos!. Una vez en mi habitación me estiré en la cama a leer y descansar. La comida de Barskoon me dejó lleno y solventé la cena con dos yogures, un bollo de pan y Nestea. Yo pensé que el ruidoso grupo de chavales del día anterior era un hecho excepcional, pero seguían allí y encima habían llegado nuevos huéspedes. En fin, nada que ver con el silencio sepulcral del sanatorio de Jeti Oguz.

EN SKAZKA CANYON
La jornada comenzó con mi alarma sonando a las 8h tras una noche algo más tranquila. A continuación desayuné un plátano, dos yogures y unos bollos de pan con mermelada; preparé la mochila pequeña; y salí a la calle, donde hacía un tiempo excelente.
El plan del día era visitar Skazka Canyon, también conocido como Fairytale Canyon, situado 18km al oeste de Tamga. Para llegar me dirigí a la carretera con la intención de hacer autoestop. Aunque no fue necesario porque a los pocos minutos apareció una marshrutka que iba a Bishkek y me dejó en la entrada del cañón por 50S. Estoy seguro de que el precio era inferior pero el conductor no me dio el cambio y tampoco quise discutir por unos céntimos.
Después avancé por una pista y pasé junto a una caseta donde pagué la tarifa de acceso (50S). El pobre encargado esperaba a los clientes dentro de un viejo Lada y su cara de apatía me hizo gracia. Desde allí seguí la pista 2km más hasta el epicentro de Skazka Canyon. De camino vi arbustos con coloridas flores y rocas de formas curiosas. Yo pensaba que tendría el lugar para mí solo pero olvidé que era sábado y me adelantaron 3 furgonetas cargadas de turistas locales.

La gente se quedó en la parte del cañón más popular y yo me dediqué a visitar otras zonas tranquilamente. Skazka Canyon no es muy grande pero se trata de un auténtico festival geológico, con pliegues de diferentes colores, pináculos de roca y una impresionante barrera de placas verticales conocida como la “Gran Muralla”. Nada que ver con la imagen clásica de Kirguistán. Yo combiné diferentes senderos que recorren el fondo del cañón entre paredes de roca sedimentaria con peligrosos nidos de avispas. Y subí a miradores con unas vistas magníficas del Lago Issyk Kul y los Montes Ala-Too. Mientras exploraba me crucé con un par de conejos que huían a toda velocidad; y montones de pequeños pájaros.
Al sur de Skazka hay una colina que ofrece la mejor panorámica. Se llega mediante un resbaladizo sendero que recorre la ladera en constante ascenso. El paisaje es épico, con un mar de rocas onduladas y las aguas del lago de fondo, así que aproveché para sentarme a esperar hasta que se marchó el grupo de turistas. El comportamiento de los kirguisos me recuerda mucho al de los chinos (quizás por ser vecinos), con sesiones interminables de fotos en todas las posturas posibles y gritos constantes. Los conductores de las furgonetas se tiraron más de media hora pitando para que volvieran mientras una docena larga de turistas les ignoraban por completo. En fin…

Cuando desaparecieron bajé de la colina y me dediqué a explorar la zona que me faltaba, donde hay dos tramos de la Gran Muralla que parecen castillos en ruinas. Yo subí a uno y el otro lo vi desde la distancia. Estaba totalmente solo y aproveché para hacer fotos disfrutando de una atmósfera única. Aunque poco a poco el cielo se cubrió de nubes que oscurecían el cañón y decidí finalizar la visita. Fue un buen timing porque en ese momento llegaban un par de vehículos con más turistas. En total dediqué 4 horas a recorrer Skazka. Para volver a Tamga pensé en hacer autoestop pero acabé en una marshrutka que se dirigía a Karakol. Esta vez le di al conductor 40S y también se los quedó sin pestañear. A continuación caminé hasta el sanatorio y descansé un rato antes de desalojar mi habitación.
VIAJE: TAMGA – BOKONBAYEVO
Un desplazamiento de 50km que realicé en transporte público. Yo esperé en la parada de la carretera y me costó más de lo previsto. La primera furgoneta pasó de largo ignorando mis señales. Y la segunda se detuvo, pero cuando el conductor se enteró de que no iba a Bishkek me dijo que no podía subir y se largó dejándome con cara de póker. No entendí nada. Menos mal que con la tercera marshrutka no tuve problema. Se dirigía a Naryn y el conductor me dejó guardar la mochila grande en el maletero trasero y ocupar un asiento de la fila individual. A cambio le di un billete de 100S y se lo guardó sin darme el cambio. O era muy bueno acertando los precios o el redondeo al turista está a la orden del día en Kirguistán.

El trayecto duró 45 minutos y me entretuve contemplando las vistas del Lago Issyk Kul. Pensaba que la marshrutka me dejaría en algún punto de la carretera pero por suerte se adentró en Bokonbayevo y paró en el centro. Desde allí caminé hasta el lugar donde había previsto pasar la noche.
ALOJAMIENTO: GUEST HOUSE EMILY – 850S/Noche
*Puntos a favor: yurta espaciosa con una cama y un colchón en el suelo; limpieza extrema; ubicación ideal, a 5 minutos del centro de Bokonvayevo; tranquilidad total por la noche; decoración tradicional; wifi rápido; té y galletas de cortesía disponibles a cualquier hora; propietaria (Gulmira) y su hija muy amables; servicio de comidas a tarifas razonables; precio; abundante desayuno incluido.
*Puntos en contra: baño exterior compartido en un edificio un tanto alejado; ducha de temperatura errática (el agua salía helada o hirviendo).
Bokonvayevo es la población más grande de la orilla sur del Lago Issyk Kul y hay numerosas opciones de alojamiento. Para evitar sorpresas decidí reservar 2 noches en Guest House Emily a través de Booking. Tras el sanatorio de Tamga tenía ganas de una habitación con comodidades pero la más barata costaba 20Usd + impuestos y elegí una yurta. Las instalaciones se encuentran en buen estado y me trataron genial, así que acabé satisfecho.
Nada más dejar las mochilas me tomé un té con galletas en una yurta enorme que hace las veces de comedor y salí a dar un paseo por Bokonvayevo. Solo tiene dos lugares de interés turístico: un busto de Lenin situado frente al edificio del antiguo centro cultural soviético; y un memorial dedicado a las víctimas de la Gran Guerra Patriótica compuesto de varias estatuas.
Mi idea era cenar en el centro pero no encontré ningún local apetecible. La mayoría ocupan minúsculos recintos fabricados con planchas de metal y no quise poner en peligro mi estómago, con lo cual regresé a la guesthouse y acepté la oferta de Gulmira. A la hora acordada me senté en la yurta-comedor, que cuenta con cojines distribuidos por el suelo, y apareció la hija con una Ensalada, un plato generoso de Plov, y una taza de té con galletas. Justo lo que necesitaba. Precio: 400S. A continuación volví a mi yurta y dediqué el resto de la jornada a leer y descansar, rodeado del sonido de los pájaros, niños jugando y perros ladrando en la distancia.
LAS RUINAS DE AALAM ORDO
Al día siguiente me desperté tras una noche de sueño impecable. Poco antes del amanecer se escuchaban montones de gallos pero no me molestaron. Y aunque en el exterior hacía frío yo estaba muy a gusto bajo el edredón y una manta extra. Una vez en pie fui a la yurta-comedor y Gulmira me trajo el desayuno. El menú consistió en un bol de gachas de avena con mermelada; 3 huevos fritos; una macedonia de manzana y plátano; y un café con leche. Gulmira y su marido se sentaron conmigo a tomar un té mientras el nieto correteaba por la yurta y charlamos un rato.
Después de desayunar preparé la mochila pequeña y me puse en marcha con una apretada agenda de visitas por delante. De momento lucía el sol pero había bastantes nubes y la niebla tapaba las cumbres de los alrededores. Al pasar por un colegio vi a los niños vestidos con ropa tradicional porque iban a representar diferentes pasajes del poema épico Manas. Toda una tentación para un aficionado a la fotografía así que con mano izquierda accedí al patio e hice algunas con mi móvil pidiendo permiso a los padres.
El primer lugar de interés de la jornada eran las ruinas de Aalam Ordo. En el 2009 comenzó la construcción de un centro cultural a orillas del Lago Issyk Kul donde cientos de jóvenes se reunirían cada año para intercambiar ideas y experiencias con profesionales de diferentes ámbitos. La idea era formar una nueva generación capaz de proporcionar a Kirguistán un futuro brillante. Pero solo un año más tarde el presidente Kurmanbek Bakiyev tuvo que huir del país en medio de una revuelta popular y el proyecto de Aalam Ordo se suspendió para siempre. Hoy día el recinto permanece abandonado a 21km de Bokonvayevo y es un sitio imprescindible para cualquier amante del Urbex.
Para llegar caminé hasta la carretera y me puse a hacer autoestop, pero un lugareño me recomendó que avanzara un poco más y esperara en una parada de marshrutkas. Yo le hice caso y a cabo de unos minutos estaba subido en una. El conductor puso cara de asombro cuando le dije dónde iba, aunque se quedó los 50S que le di (de nuevo sin cambio) y me dejó junto a Aalam Ordo. La entrada principal consiste en una enorme verja de hierro que está sellada, pero yo bordeé el recinto y al final encontré una puerta abierta en un extremo.

Aquí viví momentos de tensión porque había un agresivo pastor alemán que no paraba de ladrarme (por suerte encadenado a un poste) e indicios de la presencia de un vigilante (un Lada y un remolque con ropa tendida). En vez de continuar decidí llamar a la puerta del remolque y salieron un padre y su hija. Yo asumí que era el vigilante y le pedí permiso para visitar el lugar, y el hombre accedió sin problema.
La verdad es que Aalam Ordo superó todas mis expectativas. Desde fuera se ven varias yurtas de cemento y algún mural, y mucha gente se conforma con eso, pero el interior está lleno de sorpresas. Durante mi recorrido descubrí enormes paredes cubiertas de frescos que representan escenas del folklore kirguiso: un hombre con un águila, un arquero a caballo, mujeres vestidas con ropa tradicional tocando instrumentos… También hay plazas gigantescas con paneles donde aparecen personajes curiosos (una bailarina, un anciano); torres con cúpulas metálicas de las que entran y salen palomas; diferentes esculturas; y hasta un platillo volante con patas. Fue genial explorar el recinto en solitario contemplando detalles interesantes en cada rincón. Mi cámara de fotos echaba humo…
Pero si la situación no cambia Aalam Ordo tiene los días contados. Algunos muros se han venido abajo; las torres están perdiendo sus azulejos; la pintura de los frescos se cae a trozos cada vez más difuminada; y por el suelo hay cúpulas, árboles de metal y elementos que en el pasado decoraban el complejo.
Mi paseo finalizó en una playa de aguas cristalinas. Desde allí subí hasta una colina donde hay un fresco de grandes dimensiones con un dragón atacando a un grupo de chavales; y una figura con un hombre de gorro puntiagudo sobre un águila con las alas desplegadas. En la distancia pude ver una montaña coronada por la estatua de un monje sentado. Un sendero conduce hasta la cima pero el desnivel es importante y no iba con el calzado adecuado, así que decidí marcharme.
UNA VISITA A KAJI SAY
A 5km de Aalam Ordo se encuentra Kaji Say, una pequeña población creada en 1947 para albergar a los trabajadores de una mina cercana (igual que Jyrgalan). Yo esperé junto a la carretera y al rato pasó una marshrutka que me llevó por 20S. La parada de Kaji Say está decorada con un bonito relieve; y a escasos metros vi un antiguo café con varios paneles de estilo soviético (en uno aparece la hoz y el martillo).
El centro de Kaji Say está a 3km de la carretera y lo recorrí a pie. De camino pasé junto a un montículo con un viejo panel metálico donde aparece Lenin saludando con su gorra. Además hay viviendas de madera (muchas de ellas abandonadas); y un lujoso Museo de Arte de reciente construcción que no pegaba para nada en medio de tanta decadencia. Seguro que alguien se llevó una buena comisión. El pueblo acaba al pie de una vertiginosa pared de roca. Tras un rato investigando me compré una botella de Nestea y una bolsa de patatas fritas en un supermercado (115S) y di por finalizada la visita.
LOS MANANTIALES DE MANJYLY ATA
A estas alturas no iba sobrado de tiempo, y tampoco tenía ganas de volver a caminar los 3km hasta la carretera y esperar otra marshrutka, así que pregunté y un lugareño me hizo de taxista. Se trataba de un trayecto de 10km y me cobró 200S, un precio razonable. De camino intercambiamos algunas palabras (su inglés era nulo) y me dejó junto a una pista de tierra que conduce al último lugar que quería conocer. Antes de continuar me acerqué a la orilla del Lago Issyk Kul y me senté a comer las patatas fritas. Por allí andaba un perro que se estiró junto a mí y me echó una mano.
Después caminé por la pista; crucé un moderno cementerio que se extiende por varias colinas; y llegué a la entrada de Manjyly Ata, un valle sagrado donde los peregrinos acuden desde hace siglos. Cuenta con 7 manantiales y sus aguas tienen diferentes propiedades curativas (cada uno está recomendado para una enfermedad concreta, como la infertilidad o la depresión). Sus orígenes no están nada claros. Hay quien habla de un santo Sufí que vivía en la zona y sanaba a los visitantes. O de una joven pareja que llegó en busca de ayuda para concebir un hijo y al poco se convirtieron en los padres de Manas, el héroe nacional de Kirguistán.
Con esta historia me esperaba un montón de gente pero para mi sorpresa no había nadie. En la entrada se levanta un arco de piedra y varios edificios decorados con frescos. Las puertas estaban cerradas y por todas partes vi carteles con avisos que no entendí (el traductor de Google no funcionaba). Parecía un poblado fantasma. Un sendero se adentra en el valle aunque la señalización es escasa y tuve que consultar el mapa.

Los manantiales son simples agujeros en el suelo llenos de agua y rodeados de vegetación, con bancos de madera y tazas y cuencos para beber. También hay árboles sagrados y tumbas de destacados santos Sufíes. Al margen de la espiritualidad del lugar, el paisaje de Manjyly Ata es una maravilla, con montañas onduladas de color rojizo; docenas de pájaros volando en todas direcciones; y vegetación exótica, con flores y arbustos de ramas espinosas que se elevan hacia el cielo como siniestros tentáculos. Además el sol se ocultó tras una capa de finas nubes y la temperatura era ideal para caminar. Yo conseguí visitar los 7 manantiales y volví a la entrada del valle.
REGRESO A BOKONBAYEVO
Una vez en la carretera ya eran las 18.15h y empecé a hacer autoestop para incrementar mis opciones. Pero los pocos vehículos que pasaban me ignoraron y no había ni rastro de marshrutkas. Por suerte cerca de las 19h paró un coche con una pareja de turistas rusos y sus dos hijos que estaban dando la vuelta al Lago Issyk Kul en un día (¡?). Se portaron genial porque me dejaron en el centro de Bokonbayevo y no aceptaron el dinero que les ofrecí.
Al llegar a la guesthouse fui directo a la yurta-comedor y al poco el marido de Gulmira me trajo la cena. Esta vez había Sopa de verduras y carne; Kuurdak (estofado de ternera con patatas y cebolla); Ensalada de tomate y pepino; y té. Todo muy rico, con raciones abundantes. Me extrañó que no estuviera Gulmira, y cuando al día siguiente me explicó el motivo reconozco que me enfadé bastante.
Después de cenar entré en mi yurta y me estiré en la cama a leer y descansar. Estaba agotado tras casi 10 horas sin parar pero muy satisfecho por cómo había transcurrido el día.
CON UN BERKUTCHI
La jornada comenzó con mi alarma sonando a las 7h. Una vez en pie me vestí y fui a desayunar a la yurta-comedor. El menú consistió en gachas de avena con mermelada; dos huevos fritos; unos deliciosos bollos azucarados; y dos cafés con leche. Acabé a punto de explotar.
Kirguistán es un país de raíces nómadas y a parte de las yurtas y los caballos hay una tercera figura que en el pasado tuvo gran importancia: el Berkutchi o Eagle Man. Estos miembros de la comunidad se encargaban de capturar un águila dorada joven y entrenarla durante varios años hasta que estaba lista para salir a cazar en los meses de invierno. Hoy día solo quedan un puñado de Eagle Man decididos a mantener la tradición y se ganan la vida organizando exhibiciones para turistas o compitiendo en los World Nomad Games. El mejor lugar para verlos en acción es Bokonbayevo, donde se encuentra la Federación Salburun, compuesta por 10 Eagle Men. Puedes contactar directamente con ellos a través de Facebook o de tu alojamiento.

Yo cuando llegué a la guesthouse pregunté a Gulmira si había prevista alguna exhibición durante los próximos días y me dijo que hablaría con la gente de Salburun. Como era temporada baja y no me comentó nada pensé que no hubo ninguna. Pero durante el desayuno me explicó que la tarde anterior había asistido a una exhibición con un grupo de turistas (por eso no estaba durante la cena). Según ella me quería avisar pero como llegué tarde se tuvo que marchar sin mí. Me pareció una excusa ridícula porque tenía mi número de teléfono o me podía haber enviado un mensaje a través de Booking, pero bueno. El caso es que me tocó organizar mi propia exhibición pagando un precio muy superior (1800S). Gulmira se encargó de llamar por teléfono a un Eagle Man y me vino a recoger en su coche.
El Berkutchi estaba vestido con ropa tradicional, incluido un Kalpak (el gorro típico kirguiso) y condujo hasta las afueras de Bokonbayevo, junto a la orilla del Lago Issyk Kul. Le acompañaba un amigo con el águila en el asiento trasero (el animal no paraba de graznar); y se escuchaba un misterioso sonido procedente del maletero que resultó ser un espectacular perro Taigan. Esta raza autóctona de negro pelaje también se utiliza para cazar. Además en los shows intervienen caballos, pero imagino que para un solo turista era demasiada logística. La exhibición constó de 4 partes:
1. Sesión de fotos: el Berkutchi sostenía al águila imperial en su brazo y de vez en cuando desplegaba las alas. Es un ave impresionante, con un pico afilado y unas garras que ponen los pelos de punta.
2. Demostración de caza con el águila: el amigo subió con el pájaro a una colina cercana y el Berkutchi se puso a correr arrastrando una piel de chacal. Entonces el águila comenzó a volar y cayó en picado sobre la piel. Como recompensa el Berkutchi le dio un trozo de carne y después le limpió el pico con una piedra. En muchas exhibiciones se utilizan conejos vivos en lugar de una piel pero no me hubiera hecho gracia.
3. Demostración de caza con el Taigan: el amigo se alejó con el perro y vino corriendo a atrapar la piel de chacal.
4. Tiro con arco: el Berkutchi disparó unas cuantas flechas a una diana con bastante éxito.
A ver, reconozco que el show me produjo sentimientos encontrados. Por un lado fue interesante presenciar esta tradición ancestral. Además el Berkutchi trataba muy bien al águila y me resolvió un montón de dudas en un inglés muy correcto. Pero por otro no me gustó ver al águila atado a una cuerda o con la cabeza tapada con una caperuza. Y menos aun enterarme que el animal se tira la mayor parte del tiempo encerrado en una jaula. O que en el pasado se les liberaba a los 8-10 años de servicio pero actualmente este periodo se alarga hasta los 20 años por intereses económicos. En fin, una experiencia con luces y sombras.

La exhibición duró una hora y el Berkutchi me dejó en la guesthouse, donde finalizó mi recorrido por la orilla sur del Lago Issyk Kul.
CONCLUSION
Al igual que ocurre en la orilla norte del lago Issyk Kul, los viajeros pasan por el sur a toda prisa rumbo al lago Son Kul y Naryn. Algunos hacen un alto para visitar el sorprendente Skazka Canyon. Pero este no es ni mucho menos el único lugar de interés de la zona y durante mi recorrido descubrí un antiguo sanatorio soviético, memoriales, cascadas, ruinas abandonadas y un valle con manantiales curativos. También vi en acción a uno de los últimos Berkutchi (o Eagle Man), con su águila imperial y un perro Taigan. Aunque creo que la tradición milenaria se está convirtiendo en un negocio para ganarse la vida a costa del turista (y de los pobres animales).
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