Una animada población Betsileo con casas tradicionales y una reserva de simpáticos lemures de cola anillada
Ambalavao es una población habitada por los Betsileo, la tercera comunidad más importante de Madagascar. Este grupo étnico ocupa la mitad sur de los Hauts Plateaux y hasta el siglo XIX estaba dividido en varios reinos independientes sin apenas conciencia de grupo. Pero en el año 1820, durante el reinado de Radama I, los ejércitos Merina conquistaron la zona y fundaron Fianarantsoa para actuar como capital administrativa. Muchos Betsileo fueron vendidos como esclavos a comerciantes europeos y el resto adoptaron las tradiciones Merina, como el cultivo del arroz en terrazas (aunque los Betsileo consiguen obtener 3 cosechas al año en vez de 2); algunos rituales funerarios (como el famadihana); y sus altas casas de ladrillo rojo y forma cuadrada.
Los principales lugares de interés de Ambalavao son sus viviendas tradicionales; y un mercado de cebús (el más grande del país), que tiene lugar dos veces por semana y atrae a pastores de las aldeas cercanas. Además es una base ideal para visitar la Reserva de Anja, situada a 13km, donde viven grupos de graciosos Ring-Tailed Lemurs acostumbrados a los humanos.
VIAJE RANOMAFANA – AMBALAVAO
Entre estas dos poblaciones hay 120km de distancia siguiendo la carretera RN7, donde las selvas dan paso a un paisaje cada vez más árido, con enormes montañas de roca pelada y campos de cultivo. Necesité 2 etapas:
1. Taxi Brousse hasta Fianarantsoa: tras abandonar el Hotel Ihary fui a la Gare Routière de Ranomafana. Era mi primer contacto con el transporte público de Madagascar y no sabía muy bien qué me esperaba. Al llegar me recibió un amable abuelete que primero me hizo sentarme a la sombra; y cuando apareció el Taxi Brousse me acomodó en el asiento delantero (el mejor). Pero al despedirnos me pidió 2milA por sus «servicios» (le dí 1000A y gracias).

En circunstancias normales el trayecto a Fianarantsoa dura hora y media (5milA). Primero hay que tomar una carretera local llena de agujeros y una vez en la RN7 la ruta se convierte en un festival de curvas y fuertes pendientes. Pero en mi caso se añadieron otros factores que duplicaron la duración del viaje. El Taxi Brousse estaba para el desguace: tuvimos que empujar para que arrancara; avanzaba a un ritmo desesperante; y en las cuestas se ahogaba. Además las paradas eran constantes. De entrada una larga para comer al poco de ponernos en marcha que no entendí; y después otras para que subieran y bajaran pasajeros y mercancías (como un montón de caña de azúcar).
Yo me entretuve contemplando el paisaje desde mi ventana, con verdes arrozales en terrazas, campesinos trabajando, aldeas tradicionales, y las montañas de fondo. Fianarantsoa (o Fianar, como la llaman sus habitantes) es una ciudad gris y caótica carente de atracciones turísticas. Está considerada como la capital del vino y en sus alrededores abundan los viñedos, además de alguna plantación de té.
Por desgracia me vi obligado a recorrer sus calles en busca de un cajero automático para obtener moneda local. Y acabé cayendo en las redes de una encantadora niña llamada Murielle. Se puso a hablar conmigo en un francés perfecto y al cabo de unos minutos sacó de su mochila unas postales hechas por ella. Me pidió que le comprara alguna porque necesitaba dinero para material escolar. No pude negarme y me quedé con una por 3milA. Más tarde que el centro de Fianar está lleno de estos críos tremendamente educados a la caza del turista. En fin…

2. Taxi Brousse a Ambalavao: de regreso en la Gare Routière de Fianar busqué un vehículo para llegar al destino final del día. Aunque me interceptó un grupo de chavales (algunos de aspecto intimidatorio) y no conseguí quitármelos de encima. A continuación me llevaron al Taxi Brousse correcto; pusieron mi mochila en la parte superior; y uno de ellos me vendió el billete por 5milA.
Al principio no le creía y me resistí a pagar. Hasta que acabé cediendo porque el chaval tenía en la mano el registro oficial de pasajeros; el precio era coherente (la distancia era idéntica a la que recorrí desde Ranomafana); y me repitió varias veces con cara de sinceridad «je dis la verité». No podía vivir en un estado permanente de desconfianza. Pero tras ocupar mi asiento descubrí que me habían engañado y el resto de pasajeros pagaron 2.500R. A ver, me timaron algo menos de 1€ y decidí no agobiarme, pero estas situaciones de África me tocan las narices… Pasadas las 17h nos pusimos en marcha y dejé atrás Fianarantsoa, una ciudad realmente hostil para el Vahaza (así llaman a los blancos en Madagascar).
Mi Taxi Brousse era una furgoneta Sprinter. Muchos lugareños me habían aconsejado evitarlas porque sus conductores van a toda velocidad (doy fe de ello) y el riesgo de sufrir un accidente se multiplica. Aunque la parte positiva es que si sobrevives llegas a tu destino sin pérdidas de tiempo (tardamos hora y media). Hasta que se hizo de noche observé escenas curiosas: poblaciones destartaladas llenas de niños vestidos con harapos; algún rebaño de cebús; y primitivas carretillas de madera que la gente fabrica de forma artesanal para transportar mercancías (incluso las ruedas). También me sorprendieron los objetos que la gente carga en la parte superior del Taxi Brousse, como una bicicleta con un pato vivo o un cargamento de planchas de aluminio.
Más tarde charlé con un chaval de Ambalavao que avisó al conductor para que me dejara en la puerta del lugar elegido para pasar la noche. De lo contrario habría tenido que buscar transporte para llegar desde el centro del pueblo.
ALOJAMIENTO: HOTEL TROPIK – 36milA/Noche
*Puntos a favor: habitación espaciosa; cama doble muy cómoda; baño privado con ducha perfecta; limpieza impecable; mosquitera; wifi rápido; personal realmente amable; restaurante propio a precios correctos.
*Puntos en contra: ubicación alejada del centro; lugar muy ruidoso; cortes de luz habituales.
Se trata de un hotel recomendado por mi guía de viajes y reconozco que me la jugué. Ya era de noche y no sabía si tenían habitaciones disponibles. Por suerte no hubo problema y me pude instalar en una. A continuación bajé a cenar al restaurante porque estaba hambriento. Me atendió un camarero muy educado y pedí un menú del día que consistió en sopa de verduras, bistec a la pimienta, plátano flambeado, y una botella de agua. Las raciones eran generosas y acabé a reventar. A mi alrededor había algún pequeño grupo de turistas franceses, con una atmósfera tranquila. Precio: 17milA. De nuevo en mi habitación me duché y me estiré en la cama a leer y descansar.

UN PASEO POR AMBALAVAO
Al día siguiente me desperté con mi alarma sonando a las 6.30h, Una vez en pie me vestí; preparé la mochila pequeña; y bajé a desayunar al restaurante del hotel. Pedí un menú continental, compuesto por una baguette con mermelada; un zumo de naranja; y dos tazas de café con leche. Precio: 7milA. Después salí a la calle para explorar el pueblo.
Ambalavao es un lugar agradable. Tiene dos avenidas principales flanqueadas por viviendas tradicionales con puertas y ventanas pintadas de vivos colores; balcones de madera tallada; tejados puntiagudos; y en algunos casos columnas de piedra. Había montones de lugareños caminando en todas direcciones, ellas con vestidos sencillos y peculiares sombreros de ala ancha; y ellos más modernos, con ropa occidental y gorra. Además circulaban bastantes pousse-pousse, que a la salida del colegio iban cargados de niños y los devolvían a sus casas. Y tuk-tuks (triciclos motorizados) de color amarillo. Mi cámara de fotos echaba humo.
Me encantó pasear por Ambalavao. Era el único Vahaza y mi presencia levantaba expectación, pero solo recibí miradas y algún «bonjour», no me molestó nadie. Mi estancia coincidió con el mercado de cebús, que tiene lugar dos veces por semana (miércoles y jueves), pero ya había visto alguno similar durante mis viajes por el mundo y preferí dedicarme a otras cosas.
LA RESERVA DE ANJA
Más tarde decidí conocer la Reserva de Anja. Primero encontré un Taxi Brousse que tenía previsto partir hacia el sur pasando junto a la entrada y me senté a esperar en la parte delantera. Pero al cabo de media hora allí no llegaban pasajeros. Incluso el conductor llamó por teléfono a un conocido para avisar de que todavía faltaban 13. En cambio ya había visto pasar de largo dos Taxi Brousse donde a lo mejor había sitio para mí. Al final me planté en la carretera, detuve el siguiente vehículo que apareció, y conseguí un asiento libre (2milA). El trayecto duró apenas un cuarto de hora.
La Reserva de Anja alberga la mayor comunidad de Ring-Tailed Lemurs (llamados Maki en malgache) de toda la isla, con más de 300 ejemplares. Esta especie es la más conocida a nivel internacional por el rey Julien de la saga «Madagascar». Según las antiguas tradiciones los habitantes de la zona de Anja tenían prohibido matar Makis para comer porque se les consideraba animales sagrados y era fady (tabú). Pero poco a poco la gente dejó de creer en esas viejas supersticiones y en el resto de la isla los Ring-Tailed Lemurs fueron masacrados, así que en el año 2001 se creó la Reserva, gestionada por una asociación local. Desde la entrada caminé hasta el Centro de Visitantes, donde realicé los pagos necesarios:
*Billete: 10milA.
*Guía: es obligatorio. Hay varios circuitos disponibles y yo elegí el Moyen Boucle, conocido localmente como Ambatolahimitsangana (vaya tela con el nombre). Precio: 48milA.
Mi guía se llamaba Frank y era un tipo sonriente con ganas de que me lo pasara bien en Anja. También se nos acopló un chaval que durante buena parte del tiempo se limitó a caminar en silencio junto a nosotros. El paisaje que rodea el Centro de Visitantes es espectacular. Está dominado por Les Trois Soeurs (las Tres Hermanas), unas enormes moles de roca caliza llamadas así por una leyenda local. A sus pies se extienden campos de cultivo; rebaños de cebús pastando; y lugareños trabajando. Hacía un tiempo perfecto, con cielo azul y un sol impecable.
El Moyen Boucle duró 3 horas. Primero nos adentramos en un bosque donde había un montón de Ring-Tailed Lemurs. Los animales están muy habituados a los humanos así que las oportunidades fotográficas son infinitas. Algunos descansaban sobre las ramas de los árboles, otros caminaban por el suelo, e incluso vi a varias hembras con sus crías abrazadas a la espalda (era octubre y suelen dar a luz en septiembre). Me tiré un buen rato contemplando a estos seres maravillosos. En el bosque también encontramos dos camaleones. Frank me hizo una demostración y le tiró al segundo un pequeño insecto. El reptil sacó su larguísima lengua y lo cazó al vuelo. En la rama de un arbusto vimos una concentración de un curioso insecto llamado Planthopper. Son de color blanco y se distribuyen de tal forma que parecen hojas. Así pasan desapercibidos y evitan el interés de posibles depredadores.

A continuación subimos por la montaña para alcanzar tres miradores, el más alto situado a 1.200m de altura. Al primero llegué con la ayuda de cuerdas, pero los otros dos me obligaron a trepar por la roca a pelo haciendo frente a un desnivel importante. Mi vértigo y el cansancio me lo hicieron pasar fatal en varias ocasiones. Menos mal que la piedra caliza es muy adherente si no… Una vez arriba las vistas justificaron con creces el esfuerzo realizado. Ante mí se desplegaba un paisaje con rocas de formas curiosas, aldeas tradicionales y las montañas de fondo. Durante la ruta me encontré con varios lagartos tomando el sol.
De regreso al Centro de Visitantes vimos dos cuevas selladas con pequeños muros de piedra. Se trata de tumbas de los Betsileo y aquí se entierran los restos mortales de una misma familia (Anja es un lugar sagrado para este grupo étnico). También había una cueva mucho más grande donde según Frank acuden los Makis a dormir por la noche. Cuando acabamos el Moyen Boucle me senté con Frank y su amigo en un Hotely cercano y pedimos una Coke (1.500A cada una, invité yo). La ruta me gustó y estaba contento. Además en Anja me esperaba una oleada de grupos de turistas pero solo nos cruzamos con alguna pareja o familia. Quizás la gente estaba en el mercado de cebús.
Tras el descanso me despedí de Frank, me planté junto a la carretera, y en cuestión de segundos ya estaba subido en un Taxi Brousse rumbo a Ambalavao (2milA). En el centro paré un Tuk-Tuk que me llevó a mi hotel por 500A. Allí me tomé una cerveza THB en la terraza (4milA). Más tarde pasé al comedor y disfruté de una cena casi idéntica a la de la noche anterior (con piña de postre en vez de plátano) mientras charlaba con unos franceses muy majos que conocí durante mi ruta por Anja.
Ya en la habitación comprobé que mi estado de salud era bastante precario. Estaba resfriado, con tos y mucosidad; tenía diarrea (ese agua de río que bebí en Ranomafana); y la piel quemada por el sol (no me puse crema protectora). Además cuando estaba a punto de ducharme se produjo un corte de suministro eléctrico (el hotel no tiene generador propio) y me tocó esperar un buen rato leyendo con mi linterna frontal hasta que se arregló el problema.
CONCLUSION
Ambalavao y la Reserva de Anja son dos lugares muy recomendables que se pueden explorar fácilmente durante cualquier recorrido por el sur de Madagascar. Te permitirán pasear por una población tradicional Betsileo; disfrutar de un paisaje sorprendente; y ver de cerca montones de Ring-Tailed Lemurs sin tener la sensación de estar en un zoo. Una jornada completa será suficiente, con la opción de pasar la noche en el pueblo o en el camping que hay ubicado junto al Centro de Visitantes de la reserva de Anja.
Si te gustó el post, dale al like (el corazón que hay en la parte superior), deja un comentario con tu opinión, y sígueme en redes sociales












